EL HUMANISMO EN LA ERA DIGITAL
D. Víctor Gómez Pin
Catedrático de Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona
Premio Espasa Ensayo 2006
Bilbao, 11 de Diciembre de 2006
¿Por qué digo esto? Con mucha intención. Ustedes saben que ahora hace treinta años estuvo muy de moda intentar que parientes nuestros en la evolución, muy cercanos, como los chimpacés y los gorilas, aprendieran el lenguaje americano de signos, de signos lingüísticos, el de los sordomudos americanos si quieren ustedes. ¿Qué es lo que ocurría? Primero, que para que aprendieran eso había que sacarlos de su medio, o sea, desnaturalizarlos, meterles nuestra naturaleza. Pero, realmente, de manera forzadísima, para obtener muy parcos resultados, gastándose millones de dólares y con una consecuencia muy importante. Hace poco mi libro fue presentado en Barcelona por el gran paleontólogo Eudald Carbonell, que es codirector de Atapuerca, y tuvo la gentileza de decir a favor de mi libro que había una cosa importantísima. Todo aquello que de la naturaleza humana aprenden los primates, nuestros primos en la evolución, resulta que cuando les vuelven a su propia naturaleza lo olvidan inmediatamente y no lo transmiten, porque no es su naturaleza. Transmitirán sus propios códigos de signos, pero no aquellos que son naturales a nosotros.
Entonces yo lo que hago en este libro es simplemente reivindicar la naturaleza humana y no confundir la naturaleza humana con otras naturalezas, precisamente por cariño. Aquí hago otra incisión: el problema muy importante de la ecología. Todo el que no sea un imbécil es ecologista. Que no sea un imbécil en el sentido de que no tire piedras contra su propio tejado, porque sin una naturaleza sana y sin unos animales reconocidos en su función, el hombre no puede subsistir. Pero lo que no hay que cambiar es la jerarquía. Amamos la naturaleza como consecuencia de que tenemos la fertilidad y la dignidad del hombre como objetivos. Y la fertilidad de la naturaleza son necesarios a la realización de ese objetivo, no al revés. Enfatizo mucho este punto porque es un punto de discusión que he tenido, concretamente, con el presidente del proyecto Gran Simio España, Joaquín Araujo. Y lo he tenido también a otro nivel con mi colega el profesor Mosterín, que es bilbaíno, por cierto, aunque vivió muchos años en Barcelona y ahora es profesor de investigación en Madrid. Jesús Mosterín, que también afirma en un libro muy importante, que es “Vivan los animales”, la inscripción de nuestra naturaleza en el registro animal, pero prácticamente invierte la jerarquía hasta el punto de decir que la defensa de la animalidad como tal es lo esencial y la defensa del ser humano en el seno de la animalidad una consecuencia.
Ahí es donde yo creo que una ecología bien entendida es una ecología mal entendida. Primero, porque nunca será efectiva. Porque si homologáramos a los animales a nosotros en derechos, la consecuencia sería que, por ejemplo, no sería posible consumirlos. Esto no está ocurriendo. Lo que sí está ocurriendo es que las multinacionales de la alimentación, mientras tanto, se ríen totalmente de esa ecología tan radical y nos están dando conejos que saben a pollo, por no decir que ninguno de ellos a nada. Esto es lo que está ocurriendo y, entonces, termino esta parte de mi charla con una observación.
Los defensores de la homologación en derechos de los animales con los seres humanos parten de un hecho científico indiscutible y sorprendente y maravilloso, a saber, que se ha descubierto, como todos ustedes saben, que entre ciertos primates y nosotros el genoma está prácticamente compartido. A ver si nos entendemos. Es muy importante precisar un punto. Lo que dice la genética es que entre el genoma del chimpancé y nuestro genoma hay una identidad, casi identidad, no identidad total, en la parte del genoma que codifica proteínas. Hay otras partes del genoma que no codifican proteínas, en las cuales ya no hay tanta identidad. Pero aún en la parte del genoma que codifica proteínas hay un 1% más o menos, hay diferentes evaluaciones de diferencia.
Bien, algunos concluyen: como tenemos tanto genoma coincidente hemos de ser iguales, y eventualmente, homologarlos en derechos. Yo invierto el razonamiento y me digo, constatando que no hay tal igualdad, constatando que la naturaleza nos ha dado a nosotros esa singularidad que es el lenguaje y el pensamiento abstracto, y que no hay nada de eso en el horizonte animal. Me digo, vamos a seguir trabajando en esa pequeña parte del genoma que no tenemos coincidente, para ver si encontramos la clave de nuestra diferencia. ¿Por qué digo que eso es posible hacerlo? Simplemente, porque los científicos y los filósofos han sabido desde Aristóteles que muy pequeñas diferencias cuantitativas son en ocasiones generadoras de grandes diferencias, de enormes diferencias cualitativas. Por mencionar una, aquí estamos hombres dentro de la especie humana, aquí hay hombres y mujeres. La diferencia cuantitativa es relativamente pequeña, la diferencia cualitativa hay que ser muy psiquiatra para saber las consecuencias de esa diferencia cualitativa. Hay diferencias enormes, psicológicas y de todo tipo.
Bien, decía que ha pasado algo en los últimos años para que esta reivindicación de la naturaleza humana y de los fines de la defensa del ser humano, como objetivos últimos de toda práctica política digna, auténticamente democrática, dijéramos. Bien, ha pasado, que si eso se pone en cuestión, es porque algunos dicen que la etología genética ha mostrado que somos iguales que los demás animales.