Los alrededores de la madrileña clínica Ruber Internacional hierven de expectación a la hora de la comida.
A las 13:05 ingresaba Doña Letizia para regocijo de la escasa veintena de periodistas que hacen guardia por turnos desde hace varios días.
Automáticamente, el goteo de periodistas aumenta hasta superar el centenar. No así el de los curiosos que no superan la docena.
Algunos observan el trajín de los policías que se afanan en poner y quitar vallas, registrar bolsos y maleteros e indicar educadamente a la prensa, una vez más, que despejen la carretera y permanezcan en la acera. Finalmente, optan por enclaustrar al redil de periodistas situados en el reducido espacio con vallas férreamente unidas. Nunca en tan pocos metros cuadrados se concentraron tantos periodistas a la espera de una exclusiva que no es tal.
En el reducto, los cámaras pugnan tras las cuatro vallas frontales por situar una escalera de pintor a la que se auparán para no perder una posible imagen, la única exclusiva posible en un acontecimiento del que se conocen casi todos los detalles.
A sus espaldas, una estructura metálica -que recuerda a los escenarios para orquestas rurales- aglutina a numerosos medios superpuestos en distintas alturas. Todos escudriñan el cielo cubierto de nubes a la espera de la temida lluvia.