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Bilbao, conquistado por las armas
La entrada de las tropas franquistas en la villa se consideró un gran hito militar que fue celebrado por todo lo alto en gran parte de las poblaciones controladas ya por los sublevados
01.07.07 -
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Bilbao, conquistado por las armas
LA ENTRADA. Tropas franquistas desfilan por las calles de Bilbao. / EL CORREO
La mañana del 19 de junio de 1937, Bilbao se quedó sin vida. Apenas había gente y fueron muy pocos los que se atrevieron a exteriorizar su alegría por ver a la villa derrotada. Era «una ciudad muerta» -escribiría Francisco Cossío al recordar aquellas jornadas-. «Soldados, soldados, muchos soldados en las orillas que esperan pasar por los pontones al otro lado con sus mulos, fusiles y ametralladoras. Guardias de falangistas y requetés, y un silencio, un silencio que penetra en la carne y desgarra».

A aquel silencio inicial le siguió la curiosidad de unos cuantos, en su mayoría niños, que se acercaron a contemplar con sus propios ojos los tanques, los vehículos blindados y todo el material pesado que ya campaba a sus anchas por las calles de la ciudad. El resto perdió el temor cuando se corrió la noticia de que había camiones que repartían comida. Entonces se echaron a las calles, mujeres sobre todo, con la esperanza de conseguir al menos algo de pan que llevarse a la boca, aunque poco duró la esperanza ya que los franquistas no regalaron nada. Había que pagar si se quería comer.

Porvenir del mundo

Poco les importó a los mandos franquistas la frialdad con que Bilbao les recibió. Desde Vitoria, Franco había proclamado a los cuatro vientos que «el pueblo vasco, que es un pedazo de nuestra querida España, acaba de ser arrancado por nuestros valerosos soldados de la tiranía y barbarie marxista, en la cuales vivió once meses». Y es que la toma de Bilbao fue celebrada por todo lo alto. No había caído una ciudad cualquiera. Había caído Bilbao, y junto a ella se había eliminado, a juicio del alto mando rebelde, uno de los frentes más complicados de la guerra. «La guerra -escribió Pedro Gómez Aparicio- esta guerra nuestra en la que se está dilucidando acaso el porvenir del mundo, quedaba resuelta en Bilbao». A nivel estratégico, la conquista completa del País Vasco no sólo suponía la eliminación de las mejores tropas de combate del norte, sino que se garantizaba un avance rápido por toda la cornisa hasta cerrar el círculo septentrional de la península. Con todo ello, Franco tenía muy claro que el final de la guerra podía ya estar mucho más cerca. Para buena parte de sus oficiales, con la caída del frente norte, la República tenía los días contados.

La conquista de Bilbao fue abiertamente celebrada en muchas de las poblaciones cercanas a la villa. No fueron pocas las personas que se acercaron para contemplar el espectáculo de los puentes derruidos y del continuo ir y venir de tropas. Ese mismo día Franco oyó misa en Begoña junto a los generales López Pinto y Fidel Dávila. En San Sebastián, el presidente de la Cámara de Comercio de Guipúzcoa, Ramón Machimbarrena, emitió una nota en la que pedía a todo el vecindario que exteriorizara «la satisfacción por la liberación de la ciudad hermana», por lo que requería a comercios y establecimientos industriales que «engalanen los escaparates con trofeos de la banda nacional, iluminaciones y cuanto tienda a dar a la ciudad la patriótica decoración a las fiestas que durarán tres días». Obviamente, no se admitían excepciones. También el Orfeón Donostiarra se sumó a los actos programados para festejar la conquista de Bilbao. En Vitoria y en Pamplona, los alcaldes pidieron al vecindario que colgase enseñas rojigualdas en ventanas y balcones para mostrar la alegría por tan gran evento.

Obviamente, entre tanta felicitación no podían faltar las de Hitler y Mussolini. El primero, escueto, se congratuló con Franco «con motivo de la entrada en Bilbao de las tropas nacionalistas». El Duce, más eufórico, expresó en su nombre y en el de toda la nación italiana su «júbilo más cordial por la gran victoria, mediante la cual una de las más prósperas provincias vuelve a la España Nacional, dando un paso más hacia la victoria definitiva». Hasta la casa real española felicitó a Franco por aquella proeza militar. De forma paralela, y no exenta de una extraña coincidencia curiosa, ese mismo día 20, 'The Times' publicaba una entrevista con Franco en la que éste afirmaba que los «separatismos vasco y catalán son construcciones artificiales a las que el pueblo no otorga ninguna simpatía. La unidad nacional española es un dogma inviolable».

Por su parte, el Gobierno republicano, dolido por la derrota, emitió un comunicado en el que evidenciaba que la ciudad había recibido a sus invasores con el silencio y la soledad más absolutos. «Ciento cincuenta mil almas que alojaba Bilbao -señalaba la nota- íntegramente en bloque de odio irreconciliable al fascismo han preferido abandonar su tierra, sus hogares, sus rincones entrañables, a vivir bajo la espuela de los invasores». Así era en cierto modo. Días antes del 19 de junio, e incluso posteriores, un buen puñado de embarcaciones salieron por la ría con dirección a Santander llevándose a muchos bilbaínos que no querían permanecer en la ciudad.

Vencedores y vencidos

Paralelamente, comenzó el proceso de «limpieza» y construcción de todo un imaginario argumental de desprestigio hacia las anteriores autoridades. Uno de los actos más indignos se produjo en la casa que el lehendakari Aguirre tenía en Algorta. Durante los registros que allí se practicaron se encontraron, entre otras cosas, «dos pares de calzoncillos de franela amarilla con las iniciales del ex presidente». La burla se concretó en la siguiente afirmación: «Cuando un hombre usa calzoncillos de esa clase y ese color se pueden temer de él las mayores desventuras. Sabíamos que era un cretino integral».

A tenor de los sucesos que siguieron a la caída de Bilbao, no quedó la menor duda de que para los franquistas aquello era una conquista en toda regla. Así lo afirmó José María de Areilza, primer alcalde de la villa tras la derrota: «Que quede esto bien claro: Bilbao conquistado por las armas. ( ). Ley de guerra, dura, viril, inexorable. Ha habido, ¿vaya que ha habido! Vencedores y vencidos». Quizás por todo eso, Bilbao prefirió morir durante unas horas antes de hacer frente a su incierto destino.
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