
Jose Echeve piensa que la sociedad vasca no es capaz de entender que «en su patio trasero esta creciendo otra paralela», harta de las costumbres que le impone la sociedad de acogida, que crea sus propias formas de ocio para solventar las carencias que impone la nostalgia. Lugares donde las leyes son latinas y hacen recordar las propias costumbres. «Estamos hartos de la indiferencia hacia nuestra forma de ver la vida, de sentir y resolver la vida».
Guillermo Aravena, chileno, 35 años, seis viviendo aquí, nos comenta a puertas de la movida latina deustoarra, que las cosas «no son fáciles». «La integración debería ser un acto bilateral. Donde inmigrantes y gente de aquí estuviéramos en disposición de construir. En este momento, no somos capaces de hacer realidad esta ilusa intención».
Guillerno cree que «la movida latina en Deusto no es consecuencia de una desatención oficial a la seguridad ciudadana», ni tampoco «la mirada introspectiva de un colectivo social latino que no es capaz de integrarse en una sociedad nueva». «Es parte de la mirada hacia atrás, del deseo permanente y legítimo de no perder nuestras raíces, recordarnos que no somos de aquí, tenemos derecho a nuestras propias reglas, lugares, donde ellos no son los que mandan». Guillermo termina afirmando: «tienen que entender que la integración no es una palabra, no son ayudas económicas, es poder escapar de la indiferencia a nuestra propia cultura. Este es nuestro lugar».
Patricia Restrepo, colombiana, opina que «desde lo que pasó en Fania, la gente ha tomado conciencia de la importancia de exigir unas medida de seguridad mínimas en el ocio latino de Bilbao». Holliday ha doblado su seguridad y Garden sigue ofreciendo la tranquilidad que se le conoce. El Tifannys mantiene su status de lugar tranquilo. En todo caso, los vigilantes denuncian que la Policía sólo se preocupa de controlar el horario del cierre, mientras que la violencia puede desatarse en cualquier momento de la noche.
Pero sobre todo, la comunidad latina entiende que debe reflexionar sobre la «sospecha de violencia que se intuye en la movida bilbaína de ocio latinoamericano». El cierre de un local concreto no puede terminar con el reclamo de la comunidad latina de Bilbao por unas condiciones de ocio que respeten su propia identidad. Juan Montenegro, peruano, 25 años, dice que «el vasco no puede entender que provenimos de una sociedad hostil, donde la violencia es un elemento fundamental al resolver un conflicto». «Todos estamos dolidos por lo que pasó el fin de semana pasado», se lamenta.
Rusta Gil, compañera de Juan, añade: «Jamás voy al Casco Viejo, no entiendo cómo pueden divertirse de aquella manera». La Euskadi cuadrillera, pues, tiene que hacer una reflexión importante sobre sus nuevos ciudadanos, los cuales le están demandando una atención especial alrededor de sus condiciones de vida. Gente de aquí, que aún mira allí. En las discotecas de Deusto, Jeremi, 27 años , boliviano, no siente «el peso de las miradas como en el Casco Viejo». Se da un respiro y suelta: «¿seremos capaces de entendernos? No lo sé».
Morral a la espalda
Alrededor de las seis de la mañana, la movida latina toma otro rumbo y se normaliza en el deseo de haber cumplido la intención de olvidar la distancia mediante la noche bilbaína, a medias latina, a medias vasca. Algunos lo han logrado, otros aún sienten la diferencia. Roger Limo comenta que se la pasa mejor en el Holliday que en otros lugares. Boliviano de 23 años, prefiere hablar de su Santa Cruz natal que contestar a preguntas inoportunas. Aún así, no renuncia a decirnos que «todo es cuestión de tiempo, nos acostumbraremos a que ya no estamos allá».
«No entienden que tenemos nuestro morral a la espalda, una mochila que no vamos a renunciar a tirar en juergas descafeinadas y más machistas que las nuestras. No es más machista ir en grupo que mezclarse». Roger se calla, avanza y me pide que ponga su nombre en letras grandes.
La noche ha terminado, la movida sigue como siempre, más concienciada por el golpe, una vez más, del signo interpretado en clave de violencia, que significa el fantasma de nuestra propia cultura, de nuestra propia forma de entender la vida, de nuestra personal manera de enfrentar la aventura de cruzar el charco irreverente del océano diminuto, sólo en el papel. Porque en realidad este mar es ancho y largo y aún, parece, no lo hemos llegado a comprender.









