Hace unas semanas vimos a la modelo Naomi Campbell cumpliendo los cinco días de trabajos en beneficio de etc. por haber arrojado su teléfono móvil a la cabeza de su asistenta, Ana Schiavino. Hace cuatro años, la actriz Winona Ryder fue condenada a 480 horas de trabajos en beneficio de la comunidad por querer llevarse de una lujosa tienda de la 5ª Avenida neoyorquina género por un valor total de 5.500 dólares, sin pasar previamente por la caja.
Esa es una forma de castigo que está arraigando aquí para los menores problemáticos, que rozan la frontera del delito, pero a quienes el Tribunal Tutelar no quiere encerrar en un centro de menores por miedo a que sea peor el remedio que la enfermedad. Los dos juzgados especializados de Bilbao dictaron estas medidas en 260 ocasiones durante el año pasado y la cifra tiene tendencia a aumentar. Frente al encierro, que tiene su fundamento en la separación de los elementos peligrosos para proteger a la sociedad, los trabajos de los condenados compensan a la comunidad por los daños que le han causado sus comportamientos antisociales.
Parece un castigo adecuado, una aplicación estricta de justicia distributiva. Por otra parte, suena bien esto de trabajos en beneficio de la comunidad. Dota al castigo de una dimensión solidaria que ennoblece mucho la imagen del infractor. Imagínense ustedes el siguiente titular: «Winona Ryder condenada a 60 días de trabajos forzados». No hay color, uno se la imagina como una reclusa con traje a rayas horizontales y un gorro tipo bonete a juego y no como una gentil cooperante.










