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VIZCAYA
Timo y chiste
06.07.07 -
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DE CUANDO EN CUANDO OLMO Existen dos tipos de timos. El que aprovecha la ambición de la víctima que creyendo engañar a un tonto resulta que el tonto le engaña a él; y el que se aprovecha de la buena fe de la víctima para sacarle los cuartos. A este segundo caso corresponde el timo que le dieron a un sacerdote de Salamanca (que era según leo dignidad de aquella iglesia catedral), cuando se acercó a su confesionario un humilde penitente que tenía sobre su conciencia un delito del cual se había arrepentido y trataba de reparar. Leámoslo en la noticia que se publico el 17 de enero de 1884.

«Confesose autor de un robo de 3.000 reales y devolviolos al confesor envueltos en unos papeles, diciendo que escribiese a Fulano de tal de Valladolid para que se presentase a recogerlos en casa del confesor. Este representó su cometido cogiendo los paquetes y escribiendo al supuesto robado el que, a los pocos días se presentó». Y como en este punteo se preguntará el lector en que consiste el timo. Se lo explico tal como se lee en la continuación de la noticia.

El supuesto dueño del dinero se presentó en casa del sacerdote, se abrieron los paquetes, se examinó el dinero y se comprobó con extrañeza que las monedas eran falsas. El hombre (que evidentemente formaba parte del timo) se negó a recibirlas exigiendo la entrega de la suma en monedas auténticas y el pobre sacerdote no tuvo más remedio que pagar aun sabiendo que todo había sido un timo.

El hecho me recuerda un viejo chascarrillo en el que un granuja aprovechó la confesión para robarle al sacerdote una cajita de plata que tenía en el confesionario. Sin duda se había fijado en ella y acudió a confesarse para robársela, llevando el truco bien preparado. Se la birló y se acusó inmediatamente de haber robado un objeto de plata.

El sacerdote le dijo que tenía que restituirlo a su dueño y el avispado granuja le respondió: «¿La quiere usted, padre?». El sacerdote, como es obvio, se negó diciéndole que tenía que entregarla a su dueño y el pícaro le respondió: «Es que se la doy a su dueño y no la quiere». Y lógicamente el sacerdote le dijo que en ese caso podía quedarse con ella. Y he aquí como el muy pillo se fue tan contento con la caja de plata y con la absolución. Yo no digo que el timo de Salamanca y el chascarrillo sea lo mismo, pero se parecen bastante.
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