Según la información oficial facilitada por el centro médico vizcaíno, el hombre, de 62 años y natural de Mungia, abandonó la habitación 108 de madrugada y, por causas que se desconocen, se coló por una trampilla que había en la escalera de servicio. Al parecer, fue reptando por el doble techo hasta que éste venció por el peso en su tramo más débil y cayó sobre un quirófano de oftalmología. A causa del impacto, murió. Su cuerpo fue encontrado sin vida por personal de limpieza alrededor de las ocho menos cuarto de la mañana del pasado sábado. «Nunca había visto un cúmulo de circunstancias tan raro que desencadenara una muerte», afirman fuentes internas.
El baserritarra vivía con su hija de 22 años en un caserío del barrio Elgezabal. Había ingresado en el hospital el sábado de la semana pasada tras sufrir una caída desde el tractor en el que se encontraba trabajando. Ocurrió sobre las dos de la tarde. «Estaba descargando fardos de hierba con dos jóvenes inmigrantes que tenía trabajando para él. Se había subido al tractor, pisó en falso y se cayó para atrás con tan mala suerte que se golpeó la cabeza contra el cemento», explica un vecino.
De gran corpulencia, Raimundo quedó semiinconsciente y empezó a sangrar por la boca, lo que alarmó a los dos hombres que le acompañaban. Desorientado, repetía sin sentido el año «1947». José, un baserritarra de la zona llamó al 112. Una ambulancia de Cruz Roja le trasladó primero al ambulatorio de Mungia y finalmente a Cruces, donde su entrada quedó registrada sobre las cuatro de la tarde. Raimundo había superado hace cinco años una grave enfermedad neurológica, lo que aconsejaba su hospitalización. Tras pasar por Observación de Urgencias, fue subido a planta de Neurocirugía.
«Noble y fuerte»
Trabajador incansable, su mayor ilusión pasaba ahora por rehabilitar el caserío familiar en el que nacieron tanto él, como sus padres y hasta sus abuelos. Se había especializado en la restauración de casas y también criaba ganado: vacas y burros. «Se levantaba a las cinco de la mañana para trabajar, era muy duro. No conocía lo que era un catarro».
La víspera de su muerte, sus vecinos fueron a visitarle al hospital. Su hija les había dicho que estaba «pachucho, pero que su vida no corría peligro». Se mostraba ansioso por volver a casa; había dejado cosas pendientes y le preocupaba la obra en el viejo caserío, que ya nunca podrá culminar.
Los conocidos le definen cariñosamente como un hombre «noble, fuerte y amable, el típico aldeano obcecado», y no se explican qué pudo pasar por su mente para terminar encaramado a una bajo cubierta. Su hija se ha puesto en contacto con un abogado para estudiar la posibilidad de reclamar responsabilidades.










