
En cada zona siempre descuellan curas con cualidades y cuando el nuncio, el 'embajador' de la Santa Sede en cada país, debe buscar obispo tantea la cantera. En España, el nuncio es el portugués Manuel Monteiro de Castro. La búsqueda se hace a través de un expediente con entrevistas a una veintena de personas que conocen al candidato. El cuestionario es extenso y minucioso. «Las preguntas no son fáciles, porque tocan temas complejos y exigentes», explica un religioso a quien ha tocado responder a estos temarios. Las respuestas se deben hacer de buena fe y el testigo tiene que mantener en secreto su participación, sobre todo con el interesado. El análisis del candidato sondea todo: desde su carácter y virtudes hasta cómo es su trato con las mujeres.
Este es el procedimiento cuando se accede por primera vez al episcopado, a una plaza 'menor'. Luego el puesto se juega entre obispos ya nombrados, porque empiezan los ascensos a sedes más importantes y la posibilidad de llegar un día a cardenal. A estos niveles el expediente se agudiza en cuestiones doctrinales, al tiempo que se adorna con simpatías o aversiones en la jerarquía.
Cuando hace falta un obispo, por jubilación o traslado, el nuncio escoge tres candidatos. Es lo que se llama 'la terna que se envía a Roma'. La recibe la Congregación de los Obispos, salvo en países de misión en los que esta labor recae en la de Evangelización de los Pueblos o, en casos delicados, como China, directamente en la Secretaría de Estado. Las congregaciones son los 'ministerios' del Vaticano y la de Obispos es una de las más importantes pues, en esencia, conforma la élite eclesiástica con sus decisiones. Su prefecto se considera siempre uno de los hombres más poderosos de la Curia, y lo es -o era- el actual, Giovanni Battista Re, que parece que va a ser relevado en breve.
El peso de Rouco
La congregación, que se reúne cada 15 ó 30 días, estudia la terna y elige el obispo. Es, por tanto, el lugar donde se cuece todo y por eso quienes forman parte del organismo tienen un gran poder. Son 25 cardenales y 7 monseñores. Cada país de tradición católica suele tener al menos un representante, que lógicamente tiene una opinión de peso en lo que atañe a su nación. En el caso de España, son el arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco, y dos hombres de la Curia, el cardenal Julián Herranz, del Opus Dei, y monseñor Cipriano Calderón. Según confirman varias fuentes eclesiásticas, este detalle es crucial y motivo de que, a menudo, la nunciatura se sienta puenteada, porque al final es aquí donde se decide el partido. Resumiendo, que para obispos españoles lo que diga Rouco es decisivo.
Si hay consenso sobre el candidato, se presenta al Papa. Es lo que hizo Re, por ejemplo, anteayer al pedir audiencia e irse para allá con su carpeta. El pontífice firma. Obviamente, tiene otras cosas que hacer y esto lleva su tiempo. Además, en 2006 hubo 160 nombramientos de obispos y se crearon 21 diócesis más. Hay cola. Pero con la firma no se acaba todo. El interesado debe aceptar, y puede negarse. El caso de Bilbao es conocido: dos prelados declinaron la invitación antes de que aceptara Blázquez en 1995. Luego el Vaticano comunica el nombramiento al ministerio de Asuntos Exteriores del país. El Gobierno se da por enterado y basta, pero hay casos extremos. Por ejemplo, si el candidato está siendo investigado o hay informaciones sensibles en poder de las autoridades. Otra cosa son trabas políticas, en países con relaciones problemáticas con la Iglesia, donde un candidato puede ser considerado hostil. Ahí se negocia, o el Vaticano se lo piensa.






