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Habitaciones con estrella
Millonarios, cantantes, actores, aristócratas, superejecutivos... Una selecta minoría ocupa las cuatro suites más exclusivas de los hoteles de lujo de Bilbao
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Habitaciones con estrella
REPORTAJE FOTOGRÁFICO: JORDI ALEMANY Y FERNANDO GÓMEZ.
Dormir en la misma cama en la que descansaron Paulina Rubio, Gwyneth Paltrow, Lou Reed y el Dalai Lama (Hotel López de Haro); gozar de un relajante baño en un jacuzzi revestido de mármol travertino y roca volcánica e inundado de pétalos de rosas donde se sumergieron Chelsea -la hija de Bill y Hillary Clinton- Mariah Carey, Luciano Pavarotti y Lady Helen Windsor, hija de los duques de Kent y sobrina de la reina de Inglaterra (Carlton); desperezarse por el brillo del titanio del Guggenheim desde la 602 (del Gran Domine), como Sofía Loren, Luis Miguel, Ken Follet, autor del best seller Los Pilares de la Tierra; y Mario Vargas Llosa; o tomarse una copa a ritmo de chill-out en la terraza de la suite presidencial del Sheraton desde la que artistas como Woody Allen, Van Morrison o Jason Kay, el líder de Jamiroquai, tuvieron una excelente panorámica del Bilbao más moderno y fashion.

Son habitaciones exclusivas. Se cuentan con los dedos de una mano, y sobra uno. Poseedoras de una gran historia, rezuman lujo por todos los rincones -muy amplios-, si bien con precios de ensueño, sólo al alcance de los bolsillos de un puñado de privilegiados (y millonarios). Pero subyugan, especialmente, por el glamour, el poder, el estilo y la influencia de los personajes que se alojaron en ellas. Inaccesibles para la mayoría de ciudadanos.

Diseñado en 1919 por Manuel Smith, el Carlton ha ejercido a lo largo de su historia un especial magnetismo entre figuras de toda clase. Poetas como García Lorca, genios como Einstein, reyes como Alfonso XIII y divas como Maria Callas figuran con letras de honor entre sus clientes. Tampoco se resisten las estrellas contemporáneas. Durante el tiempo que duró el rodaje de 'El mundo nunca es suficiente', Pierce Brosnan se cuidó mucho de vivir a cuerpo de rey. Eligió la suite Imperial, una extensa habitación de 250 metros cuadrados que ocupa todo el frente del hotel y parte de las dos calles laterales: Elcano y Alameda de Rekalde.

La espectacular suite, que incluye un dormitorio auxiliar, cocina y bar, armoniza el «clasicismo» del edificio con lo «más moderno» en decoración, con profusión de objetos tibetanos y paredes revestidas de estuco veneciano. Un par de columnas dóricas recibe a los clientes, que pisan alfombras de piel de nutria y suelos de mármol «auténticos» -subraya Alberto Gutiérrez, el director-, se cubren con edredones de seda natural de China, y dejan reposar sus cabezas sobre almohadas relajantes y perfumadas con esencia de té verde de Bulgari.

Sólo la subgobernanta

Un servicio de lujo que cuida todo tipo de detalles -las estanterías de la biblioteca albergan libros editados en ocho idiomas, «hasta en japonés»-, incluidos los personales. A la Imperial, como al resto de suites de las demás cadenas, sólo tienen acceso dos empleados, además de la subgobernanta, porque a sus ocupantes les preocupa la estética pero también la privacidad. Y, claro, estos clientes 'vip' son de fiar, pese a la leyenda maldita que acompaña a algunos.

Cayetana Martínez Anasagasti, directora del López de Haro, cuenta que tras el paso del líder de Guns N' Roses, Axel Rose, por «la 501» encontró la habitación como un coral. Orgullosa de que en su establecimiento Gehry trazara el primero boceto del Guggenheim, la suite del cinco estrellas de la cadena Ercilla, frecuentada también por Plácido Domingo, apuesta por un estilo de corte clásico, con los dorados dominando la zona noble -con una cuidada selección de flores naturales- y el blanco iluminando el baño. Espacio que atiborraron de toallas para atender las peticiones del cantante Lenny Kravitz, además de prepararle un extraordinario surtido de tés. «Los clientes valoran la tranquilidad que les ofrecemos», precisa Cayetana. Lo constatan en su libro de honor la mezzosoprano Teresa Berganza, el Premio Nobel de Medicina James Dewey y la japonesa Junko Tabei, la primera mujer que, en 1975, llegó a la cumbre del Everest.

Rarezas de Luis Miguel

En este tipo de hoteles los deseos son órdenes. Al cantante Luis Miguel no le bastó con ponerse en forma en un gimnasio que huele a Loewe y donde el director de cine Sydney Pollack también hizo bíceps. Cuenta Almudena Fraile, subdirectora del Gran Domine, que la megaestrella mexicana se convirtió en los dos días que pasó en la 602 en un «hombre invisible». Se supo que estuvo porque estaba registrado. Pero nadie le vio. Ordenó colocar al chófer que le trasladó desde el aeropuerto de Loiu unas «cortinillas» en el espejo retrovisor para que no le fisgara y pidió que le oscurecieran el dormitorio tapando las ventanas con bolsas negras perdiendo así las impresionantes vistas a la pinacoteca de Gehry. Ni un rayo de luz natural entró en su lujosa suite en 48 horas, recuerda Fraile, que sólo pudo apreciar de Luis Miguel su brillante dentadura mientras le acompañó del garaje a la habitación al ocultar su rostro con una visera que le tapaba hasta la nariz. De lo que comió tampoco nadie sabe nada. Su equipo se llevó las bolsas de basura.

Son historias que acompañan a los visitantes de estas habitaciones de altura. Una enorme cristalera separa la bañera del Sheraton del exterior. «De noche adquiere una dimensión especial proyectándose sobre el parque de Doña Casilda», subraya Eva Vega, ejecutiva de ventas. Con las paredes salpicadas de cotizado lienzos de prestigiosas colecciones privadas, guiños a Chillida, mesas de diseño, decoración minimalista y lámparas ónix, «traídas en vuelos privados de México», los clientes parecen moverse por este dúplex de 200 metros cuadrados como por uno de esos exclusivos apartamentos salidos de las revistas de decoración. Como las estrellas que los ocupan.

l.gomez@diario-elcorreo.com
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