Allí contemplarán el edificio que se ha construido en el solar del antiguo dispensario Ledo. El cicerone podría echarle un poco de misterio, diciendo que este inmueble ha sido diseñado durante una pesadilla arquitectónica, y a continuación tendrá que garantizar a los visitantes que el edificio no se va a caer. Y, una vez tranquilizados, podrán tomar unas vistas con sus máquinas digitales para asombrar a sus paisanos cuando vuelvan a casa.
Les llevaríamos después a los jardines del Museo de Bellas Artes, para que puedan fotografiar esa serie de chapas oxidadas y tubos que se han colocado entre la hierba para regocijo del público. El cicerone podrá añadir que todos esos adefesios se consideran como valiosas obras de arte, dato que seguramente suscitará alguna carcajada entre los visitantes.
Más tarde podrían darse una vuelta por el paseo de Uribitarte para contemplar con una mezcla de asombro, incredulidad y estupor el único jardín del mundo que en vez de jardín es una mezcla de estercolero, basurero y escombrera. Al cicerone en este caso le va a costar convencer a los visitantes de que aquel montón de escombros con sofás viejos encima forma parte de un concurso de jardines, aunque les asegure que ha sido creado por un diseñador de fama nacional.
La visita podría terminar en la basílica de Santiago, único templo del mundo que, en vez de tener la imagen del santo titular (que es también patrono de la villa) situado en el puesto de honor, lo tiene colocado como empleado de fincas urbanas encima de una puerta. Seguro que los turistas no encontrarán en ninguna ciudad del mundo un circuito tan despiporrante como el nuestro.










