
Sin embargo, cuando su madre murió, María quiso olvidarse de todo ese mundo. Se alejó durante unos meses, hasta que alguien le habló de uno de aquellos antiguos 'parientes'. Se encontraba en el Hospital de Santa Marina, y decidió visitarlo porque sabía que no tenía a nadie que lo hiciera. Poco después, también se interesó por una señora que había sido amiga de su madre durante su estancia en la residencia. «La frecuenté y, antes de fallecer, ya muy malita, me pidió que cuidara de su marido cuando ella no estuviera».
«ME DABA MIEDO»
Paso a paso, favor a favor, regresó a Aspaldiko para estar con sus viejos amigos, todavía de forma esporádicamente y con reticencias: «Me daba miedo, porque temía los recuerdos». Entonces, los responsables le hablaron de gente encamada, de personas que no se hallan en situación terminal pero que permanecen forzosamente acostadas. Muchas apenas hablan o no pueden comunicarse. Entendió lo que le estaban diciendo. Y se prestó a hacerlas compañía.
Al principio se sentía extraña, «me preguntaba si eran conscientes de que yo estaba allí», y todavía no ha conseguido una respuesta definitiva. «Me presento y les digo: 'Hola, soy María'. Les llevo pequeños detalles que traigo de mis viajes, les toco... A veces, algunas captan algo y me responden con un parpadeo». Sospecha que, tras su marcha, vuelven al letargo en días sin final ni esperanza: «Pero, al menos, habrán gozado de un momento agradable».
Hace dos años que desarrolla esta labor y reconoce que la experiencia le une con los afectados. Además de regalarles compañía, se cerciora de que estén limpios, sin escaras en el cuerpo. «Forman parte de mí y me preocupo de que estén bien. Les aprecias y les quieres». La experiencia de María ha servido para establecer el protocolo de actuación del centro con ese colectivo. Según Álvaro Mosquera, responsable del voluntariado, el trabajo de estos colaboradores no pretende sustituir ni a familiares ni a los trabajadores. «Cubrimos la parte humana, la necesidad de afecto, escuchamos si lo precisan o hablamos a quien demanda conversación».
ESTAR JUNTOS
Antes de establecer contacto entre visitante y beneficiario, son informados sobre las características del otro. «Facilitamos la relación», indica Mosquera. «Queremos que estén juntos porque quieren estarlo, porque yo lo he pedido y tú te has ofrecido y los dos disfrutamos de la mutua compañía».
Hay quien presta su apoyo para un paseo sin riesgos o para acudir a una consulta externa, pero también se puede echar una mano, por ejemplo, facilitando a los aficionados del grupo de teatro el aprendizaje de sus papeles. Entre otros, acuden prejubilados con disponibilidad de tiempo y alumnos de colegios e institutos de la zona, junto a estudiantes de escuelas de baile y coros dispuestos a ofrecer su arte a los trescientos internados. Incluso, en Navidad, se acerca hasta sus dependencias algún generoso 'rey mago': «Si no podemos ir al pueblo, intentamos que el pueblo venga hasta nosotros».
ESCASEZ EN VERANO
En verano, cuando el tiempo propicia cualquier actividad al aire libre, las excursiones y los viajes a la playa, el número de colaboradores decrece. A juicio de Álvaro, no se requiere un gran compromiso para facilitar el disfrute de los internados. «Con una hora semanal haces a alguien mucho más que feliz. Para nosotros es un rato y para ellos, un mundo, porque supone un contacto con el exterior, siempre estimulante».
Según María, el desconocimiento sobre las características de la vida cotidiana en una residencia explica esta carencia, aunque también admite que otros prefieran mirar hacia otro lado. «Se dicen que si eso es lo que me espera, mejor lo olvido y vivo sin pensar. Y yo lo entiendo».
También habla de la falta de tiempo, otra excusa habitual: «Ahora todos estamos muy ocupados y la verdad es que contar nuestras muchas obligaciones sienta muy bien, como si fuéramos muy importantes, pero yo hago muchas cosas y doy lo que puedo. Nadie te va a obligar a aportar más de lo que quieres».
María Noriega confiesa que su generosidad está ligada al periodo vivido con su madre. «Sufrí mucho y comprendí la importancia de participar», admite. «A mí también me gustaría que, cuando sea una anciana, tal vez enferma y sin familia, alguien se ocupara de mí, que diera un par de vueltas a la semana para estar conmigo, que yo sientese cómo se acerca y me mira. Y me gustaría que, cuando llegue la muerte, alguien agarre mi mano».






