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Homenaje a Sabino
El 14 de julio de 1907, los nacionalistas vascos celebraron, en el cementerio de Sukarrieta, un sentido y multitudinario acto de reconocimiento a la figura de su fundador
15.07.07 -
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Homenaje a Sabino
SÍMBOLO. Sabino Arana Goiri, fundador del Partido Nacionalista Vasco. / EL CORREO
En una cosa estaban de acuerdo los nacionalistas: la figura de Sabino Arana era indiscutible. Mucho más que eso. No había nada en su vida y en su mensaje que pudiera ser puesto en duda. El personaje concitaba una fervorosa adhesión por parte de todos y cada uno de los miembros del partido, fuera cual fuera su idea a la hora de poner en práctica las tesis ideológicas de su fundador. Por esa razón no extrañó a nadie el enorme éxito que el 14 de julio de 1907 tuvo la organización de un multitudinario acto de homenaje a Sabino en el cementerio de Sukarrieta, Pedernales, lugar en el que descansan sus restos.

Los prolegómenos del evento estuvieron llenos, por parte de los principales medios nacionalistas, de evocaciones a la figura del fundador, de recuerdos de su cuerpo ideológico y de un mensaje cargado de profunda sacralidad, en el que destacaba el enorme potencial religioso del nacionalismo unido a una irremediable tendencia al crecimiento y a la expansión.

En cierto modo, muchos de los artículos que se escribieron entonces, llamando a la participación en el homenaje, hacían referencia a que, al final, todos los vascos acabarían convirtiéndose al nacionalismo. Y lo harían cuando se les hiciera la luz. No quedaba más remedio. «Véase -se apuntaba en el semanario Aberri- si tenemos razón al decir que no tardará en llegar el día mil veces venturoso en que todos los vascos nos agrupemos llevando al frente el espíritu de Arana-Goiri, y que todos los distanciados de nuestro campo no son enemigos, sino ignorantes, que nos combaten por desconocer la doctrina salvadora».

Gloriosa divisa

Junto a esa cerrada convicción sobre la más que posible universalización del nacionalismo, los seguidores de Sabino destacaron de él, y al mismo tiempo hicieron suya también, la idea de la inexistencia de enemigos. En el seno del partido no se debían concebir enemigos de ningún tipo como consecuencia de su reafirmación católica. La enemistad engendraba odio y, para Sabino Arana, tomado como modelo de seguimiento obligatorio, eso «es feo y vicioso, y su alma no abrigó fealdades y vicios. Tampoco quiso que los tuviera el Partido que él fundó, y de ahí su constante empeño de inspirar al Nacionalismo Vasco el amor más acendrado al lema que le sirve de gloriosa divisa», es decir, Jaingoikoa, Dios sobre todas las cosas y, Dios, como todo el mundo sabía, es amor.

Además, se hacía inconcebible el odio hacia el contrincante político precisamente por esa creencia en la irremediable extensión de las tesis nacionalistas por todos los rincones del País Vasco. Tan sólo hacía falta que los vascos no nacionalistas se dieran cuenta de que era su condición de vascos la que les conducía sin remedio a abrazar las tesis de Sabino. Sin embargo, esa reivindicación del catolicismo proclamado por el maestro en absoluto había de ser confundida con la adopción de posturas clericales. Se dejaba claro que la separación entre Iglesia y política debía de ser rotundamente sagrada. Decididamente los curas no debían hacer política.

No faltaron tampoco apuntes biográficos del interfecto junto a otras consideraciones, logros más bien, que hacían engrandecer la figura del gran Sabino. Entre todas ellas destacaba el reconocimiento a su labor como purificador de la historia de los vascos. De hecho él puso «su primero y fundamental empeño y arremetió con empuje a la labor magna de reconstruir la verdad histórica de su pueblo y combatir con brío y con éxito positivo multitud de errores esenciales y de detalle» que durante mucho tiempo habían sido creídos por casi todos los vascos. Y precisamente ése era uno de los legados de Sabino Arana: el «de proseguir en la reconstrucción y depuración de la Historia de Euzkadi, purificándola en lo que tenga de inexacta, que no es poco, y subsanando las omisiones que son muchas y muy esenciales».

Como se había pronosticado, el éxito de la convocatoria fue total. Más de doce mil personas se dieron cita en Pedernales para rendir su sentido homenaje a Sabino Arana. Desde primeras horas de la mañana salieron trenes especiales desde Bilbao que se llenaron a medida que hacían sus correspondientes escalas. Durante todo el trayecto la animación y la alegría fue enorme y el grito que más se escuchó fue el de '¿Gora Euzkadi!'. Y es que la riada humana que se dirigió aquel día a Sukarrieta desbordó las previsiones más optimistas. «En el trayecto de Guernica á Pedernales -señalaba El Noticiero Bilbaíno-, veíanse circular por la carretera numerosos grupos de romeros, que hacían el viaje a pié y entre éstos había algunos que, en aquella forma, iban desde Bilbao, de donde habían salido la víspera». Hasta por mar llegaron ya que muchos nacionalistas de Ondarroa, Lekeitio, Zarautz, Deba, San Sebastián y otros pueblos costeros se acercaron a Mundaka en pequeños vapores.

La tumba del maestro

El primer acto consistió en una misa de campaña celebrada en la playa de Pedernales junto a la ermita de San Antonio de Abiña. Allí, entre el gentío, pudieron apreciarse las flamantes banderas de todos los batzokis de Vizcaya y Guipúzcoa. Posteriormente la multitud se dirigió al cementerio donde tras una pequeña ceremonia religiosa intervinieron Don José María Larrea, presidente de la Sociedad Laurak-bat de Buenos Aires y Don Eduardo Arriaga, representante de la Diputación del partido nacionalista. Ambos discursos versaron sobre la grandiosidad de la figura de Sabino Arana, sobre el gran potencial de su mensaje y, obviamente, sobre los enormes trabajos que había que realizar para librar a Euskadi de sus desgracias. Tras las intervenciones, todos los asistentes desfilaron ante la tumba en señal de reconocimiento y respeto. La fiesta prosiguió por la tarde.

El homenaje a Sabino Arana fue, así se reconoció en todos los medios, un auténtico éxito. No sólo se puso en evidencia el enorme potencial de convocatoria de los nacionalistas, sino también su gran civismo y corrección. De lo que no quedó ninguna duda fue de que, se perteneciera a la corriente que fuera dentro del nacionalismo, todos cerraron filas a la hora de honrar a su fundador. Sabino Arana estaba por encima de todas las diferencias.
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