En cambio, hoy son objeto de culto. Y en Internet hay decenas de comunidades y páginas web dedicadas a ellas. Una auténtica, del año 1972, puede costar «unos ochocientos euros», reconoce Pozo. Ella tiene tres, aunque no ha desembolsado tanto: «Las he comprado hechas polvo y las he restaurado yo. De hecho, tengo una pendiente», explica. En total, posee ahora 35, entre antiguas y modernas. Y es que las Blythe volvieron a estar de moda cuando una productora, Gina Garan, comenzó a usar una original de modelo para practicar fotografía... Luego, publicó esas imágenes y el juguete volvió al mercado, esta vez de la mano de una empresa japonesa, Takara, para convertirse en objeto de colección y devoción.
Piezas personalizadas
Sobre todo, porque los dueños de las Blythe no las esconden ni las guardan bajo llave. Las sacan de paseo. «A menudo llevo una en el bolso. Sobre todo, si voy a algún sitio bonito, para hacerle fotos con la digital y luego colgarlas en mi web», confiesa Pozo, de 24 años. «Y cuando quedo con la comunidad...», prosigue la joven, licenciada en Bellas Artes. Se refiere al grupo de vizcaínos con su misma afición.
-¿Y no le llaman 'freak' por llevar una muñeca en el bolso a su edad?
-(Risas) Supongo que lo soy un poco ¿no?
La verdad es que no le importa. Realmente fue en la universidad donde conoció las Blythe: «Hace cuatro años, nos mandaron hacer un trabajo sobre un objeto que nos gustara y yo elegí éste». A pesar de que nunca fue niña de jugar con muñecas. «Las heredaba de mis primas, pero yo era más de dibujar», recuerda.
Primero, pintaba cuadros utilizando como modelos sus tesoros. Luego, empezó a 'customizarlas'. «Hay que ser un poco habilidosa, pero las puedes peinar, maquillar y vestir. como quieras», explica. Hasta hace dos meses, también hacía Blythe personalizadas por encargo. «Mucha gente me pedía que se las preparase a imagen y semejanza», explica. Todo el dinero que reunía lo reinvertía en su propia colección. «Cada mes sale un nuevo modelo de Blythe, y cuesta unos cien euros. Y luego, hay ediciones especiales que pueden llegar a los 300», relata.
Un desembolso que no todo el mundo puede afrontar. Sobre todo, si como es el caso, una está sacándose el Doctorado y dispone de una beca de Bilbao Arte para completar su formación. De hecho, Pozo todavía recuerda lo mucho que se pensó invertir «85 euros de entonces» en su primer ejemplar.









