Avelino paseaba el 7 de julio junto a una céntrica pastelería de Santurtzi. Reparó en el escaparate del establecimiento y decidió entrar a comprar. No quería pasteles, sino caramelos al peso. Se los llevó surtidos, de diferentes clases y sabores. Más que en sí mismo, el abuelo pensaba en agasajar a sus nietos, que iban a ir a visitarle a casa. Pagó cinco euros y abandonó el comercio.
Fue al día siguiente, durante la sobremesa, cuando Avelino decidió rematar el buen gusto de la comida con el dulce sabor de una golosina. Repasó la bolsa adquirida la jornada anterior en la pastelería y se decantó por un caramelo nuevo. Era de los más grandes y anunciaba en un perfecto envoltorio su sabor a café con leche. «Nada mejor como postre», pensó el vecino de Santurtzi, ignorante aún del sobresalto que le aguardaba.
Al comienzo no hubo sorpresas. Parecía un dulce normal, pero pronto descubrió Avelino un tropezón ciertamente raro. «Parece que este caramelo viene con hueso», bromeó ante su mujer, aunque sin dar excesiva importancia al hallazgo. Optó por seguir chupando hasta derretir el peculiar ingrediente, pero la golosina terminó deshaciéndose y no así el cuerpo extraño. Fue entonces cuando el hombre lo sacó de su boca sin apenas identificarlo. «¿Pero qué es esto?», se preguntó en voz alta.
Su mujer no lo dudó. «Parece un diente de oro», le dijo. Avelino pensó antes de reaccionar. Sopesó el origen del sorprendente 'relleno'. La funda no era suya y no tardó en sentir cómo se le revolvía el estómago.
Sin explicación
Nunca había sufrido un episodio igual. Bajó a la pastelería donde había comprado los caramelos, contó la ocurrido y optó por revelar el caso ante la Subdirección de Salud Pública de Vizcaya para «evitar otros casos».
En la pastelería donde Avelino realizó su compra no encuentran explicación a lo ocurrido. «Hemos hablado con la empresa fabricante y nos ha dicho que en toda la cadena de producción trabaja gente joven que, por supuesto, no lleva dientes postizos», dicen desde el comercio. «La maquinaria, además, es muy moderna y detecta incluso la presencia de metales o piezas extrañas dentro de los caramelos», añaden.
Los propietarios de la pastelería afirman que lo ocurrido es, cuando menos, «muy extraño». «No podíamos creer la historia que nos estaban contando -admiten-. Lo más lógico era pensar que el diente era del propio cliente, al que igual se le había caído sin darse cuenta». Según señalan, aunque sin ánimo de cuestionar a Avelino, «no sería la primera vez que alguien se inventa este tipo de argucia para lograr una indemnización».










