Tras recibir varios escritos de los afectados, el Ayuntamiento encargó ayer a una empresa de fumigación la limpieza del enclave. Pero la medida no ha convencido a los residentes. «No ha servido de nada porque sólo han desinfectado la calle y el foco del problema está en los jardines», denuncian.
Al parecer, los gatos que pululan por el barrio de El Casal han desatado la proliferación de parásitos. Fue Amparo Telletxea la primera en detectarla. «Al entrar una mañana en casa me di cuenta que tenía el vaquero lleno de pulgas», recuerda. Convencida de que provenían de otra zona del municipio, se cambió de prenda y salió al patio a colgar la ropa. Pero al entrar, se repitió la misma escena. «Entonces descubrí que estaban en la puerta de nuestras viviendas». Desde ese día, ha tenido que tirar a la basura «dos pijamas y una alfombra» que se habían teñido de negro. «Tenían tantas pulgas que no merecía la pena ni lavarlos», se queja.
Sus vecinos también soportan a diario la presencia de los parásitos. Hasta el punto de que uno de ellos requirió asistencia médica la semana pasada. Presentaba decenas de picaduras de pulgas por todo el cuerpo. «El facultativo le recetó una pomada y un jarabe para paliar los picores y evitar infecciones», recuerda la madre del afectado, Begoña Pérez, quien está obligada todos los días a fumigar el sofá. «Me da miedo que críen y se propaguen por el piso», reconoce. Y es que no han sido pocas las ocasiones en las que se han topado con los insectos dentro de la casa. «Es horrible, un día nos las encontramos flotando en un vaso antes de beber una manzanilla», apostilla Esteban Rodríguez, su marido.
«Ni abrir las ventanas»
De ahí que no bajen la guardia. Las persianas siempre están cerradas. «Llamamos a un fumigador particular para que estudiara el problema y nos comunicó que las pulgas pueden saltar hasta metro y medio, así que ni siquiera podemos abrir las ventanas», lamentan. Como medida de precaución, también utilizan aerosoles. Y nada más cruzar el umbral de la puerta, han adquirido una nueva costumbre: inspeccionarse el cuerpo «a fondo» para luego combatir a los pequeños intrusos con insecticidas.










