Me estoy refiriendo al bombero que tocaba la campanilla, sustituida hoy por la mecánica sirena. ¿Qué bilbaíno no sintió en su niñez el deseo de ser bombero? Pero no un bombero cualquiera, sino aquel que iba en el asiento delantero de la motobomba tocando la ruidosa y tintineante campanilla. En mi extenso archivo de libros con dibujos de humor, conservo uno con especial cariño: se trata de un parque de bomberos en el que ha sonado la alarma, y los bomberos antes de subir al camión echan a suertes. ¿Y qué se jugaban? El puesto de campanillero.
Continuando con mi lista voy a citar ahora dos oficios juveniles: en primer lugar el popular gremio de los pinches de ultramarinos que, con su cesta al hombro y su novela del oeste, llevaban pedidos a domicilio. Y no podemos dejar de citar también el de los pastilleros, aquellos chavales que, con una cesta colgando del cuello, paseaban por el patio de butacas de los cines, vendiendo caramelos y sobre todo las famosas pastillas de café con leche de la viuda de Solano.
Le toca el turno ahora al carbonero, hombre tiznado de negro que llegaba a los domicilios con su saco de antracita. Además de solucionar el problema del combustible para las cocinas económicas, servía también a nuestros padres (y después a nosotros, que aún conocimos la era del carbón) para meter un poco de miedo a los hijos pequeños con el «hombre del saco».
Aunque la lista es más larga, no quiero dejar de citar a un tipo que abundó en la villa, sobre todo en la posguerra, y cuya popularidad le llevó a formar parte de una conocida revista musical cantada por la inolvidable Celia Gámez. Quizá lo identifiquen ustedes cuando les cite las dos primeras estrofas de la canción: «Tabaco y cerillas... aquí no hay colillas...». Me estoy refiriendo, por supuesto, al colillero.
Y como el espacio disponible no da para más, corto y cierro.










