
CIFRAS
Cita un ejemplo muy claro: los decibelios al hablar. Para muchos inmigrantes, el volumen que imprimen los vascos a buena parte de sus conversaciones es un sinónimo de enfado. «Uno llega aquí y lo primero que piensa es: 'Vaya, ¿por qué todos están enojados?' Y la verdad es que el hecho de que un vasco grite no significa que esté enfadado».
El ejemplo también vale desde el ángulo contrario. «Si un vasco se pone a conversar con un inmigrante latinoamericano, seguramente pensará que da demasiadas vueltas, que no es directo al hablar». En un caso y en el otro -y más allá de lo anecdótico-, ese 'simple' desfase puede generar problemas. Hasta que un grupo comprende los códigos del grupo contrario pueden ocurrir muchas cosas, como malos entendidos innecesarios.
Los dos escenarios descritos son fácilmente apreciables, aunque hay otros menos evidentes que ha descubierto el profesional. Para ello ha realizado una encuesta en la que recoge opiniones de un millar de personas procedentes de Latinoamérica, Europa del Este y el Magreb. Y, aunque muchas de las conclusiones son evidentes para más de uno, no dejan de ser sorprendentes y, sobre todo, reveladoras.
«Lo primero que hay que tener presente es que una persona de fuera tarda casi cinco años en controlar el ambiente nuevo», expone Darío Páez. Quienes están 'legalizados' o tienen aquí a su familia «lo llevan un poco mejor», pero, en cualquier caso, se tarda. Con esa lectura de base, es lógico pensar que un lustro es tiempo suficiente como para atesorar desatinos.
«El ritmo de vida es más rápido en Euskadi que en otros sitios», dice. De ahí que muchos extranjeros se intimiden con la vorágine. Pero no es sólo el ritmo apacible lo que echan en falta los inmigrantes. «Resulta que aquí tampoco hay costumbre de reunirse en las casas». O bien se queda en un bar o bien, en una plaza. «Es muy raro que alguien de aquí te invite a comer a su casa».
Y eso, a un latinoamericano, «le sorprende, porque ellos tienen una cultura muy arraigada del hogar». Para más señas, una frase de un amigo suyo: «Los 'gallegos' tienen la cafetera echada a perder». Traducción: «Los españoles siempre te invitan a un café, pero jamás en su propia casa».
El trato de 'usted'
Al margen de los espacios y los volúmenes para hablar, está el asunto de cuán directo es cada uno en sus palabras. «Para la gente de Sudamérica, los vascos son demasiado frontales y critican todo con facilidad. Pero, cuidado, que este es un rasgo apreciado. Para los vascos, en cambio, nosotros somos más evasivos. Y es cierto. Un ecuatoriano, por cultura, jamás va a decirte que no. Puede que no te haga caso o no tenga intención de obedecer en lo que le digas, pero seguro que no se negará abiertamente».
En comparación, los extranjeros de Europa del Este son «más directos que cualquier español. Lo mismo que siente un vasco cuando conversa con alguien de Rusia es lo que experimenta un sudamericano cuando habla con alguien de aquí». No sólo eso: el tema del respeto también puede generar brechas. «Para otros colectivos, la vasca es una sociedad de 'baja distancia', poco respetuosa, donde cada vez se usa menos la costumbre de tratar de 'usted'. Eso impresiona a quienes proceden de organizaciones más estructuradas», comenta.
Para impresiones, las que se llevan «los africanos especialmente, que deben asimilar algo tan usual como tener jefas mujeres». Claro que no son los únicos. También hay otras sutilezas en el momento de trabajar y de relacionarse en el entorno laboral. A diferencia de los vascos, «los latinoamericanos suelen mezclar lo afectivo y buscan crear amistades. Pero también dicen 'mi amor' o 'mi reina' sin que eso signifique un ligue», concluye Páez entre risas, con una dosis de humor.









