
El castro, llamado técnicamente oppidum, se desarrolla por las alturas de Arrola, Gastainzu y el collado que une ambas zonas. El entorno del recinto ofrecía a sus moradores una serie de defensas naturales, que, alternadas con parapetos o murallas, hacían del lugar una fortaleza segura. Los trabajos de restauración que Fernando Bazeta desarrolla desde hace seis años, con el apoyo del Vicerrectorado del Campus de Vizcaya y de la Diputación, se han centrado en las murallas, el único vestigio que queda y que posee una estructura peculiar. «No es una muralla de piedra sobre piedra, sino un montón de tierra que por los lados tiene una coraza, con unas dimensiones de unos cuatro a seis metros de base y de cinco o seis de altura», explica el profesor.
Desde que el grupo de restauradores y conservadores, en colaboración con arqueólogos, inició las campañas de restauración en el año 2000, se han construido unos 50 metros de muralla, siguiendo una técnica que no deja nada al azar conocida como anastilosis, y que permite reconstruir partes idénticas a la original.
Un paisaje lunar
La importancia del trabajo de recuperación del castro radica en que éste posee una entrada emblemática y «al parecer es el más grande que existe en Vizcaya» comenta Fernando Bazeta. Esta zona, sometida a la intervención de investigadores desde hace cien años, «parecía un paisaje lunar». El objetivo de las campañas es «ponerle un valor, que lo haga visitable» asegura.
El tramo en el que han trabajado los alumnos pertenece a las partes interiores del pasillo que conforma la entrada, un estrecho corredor que servía como acceso y que está formado por dos murallas que discurren paralelas a lo largo de unos diez metros. El pasillo es uno de los pocos restos que quedan medianamente discernibles y con grandes posibilidades de recuperación.










