El Ayuntamiento se había encaprichado con esta estructura infantil y ya la tiene. Con la mediación de una traductora, Fogel orientó a los trabajadores de la empresa local Icolandia, encargada de instalar la embarcación, sobre cómo unir las decenas de piezas de este impresionante galeón de nueve metros de altura y seis de manga, que ya hace las delicias de los más pequeños.
La firma rusa KSIL -con sede en San Petersburgo- se ofreció para que uno de sus operarios viajara junto al barco y facilitara, así, su montaje. La empresa de Arrigorriaga, a su vez, contrató los servicios de una traductora, Olga Larrinaga. La joven, de 20 años, procede de Kiev, pero ha sido adoptada por una familia de la localidad vizcaína. Para esta estudiante de Bachillerato, que compagina las clases con los estudios de ruso e inglés en la Escuela Oficial de Idiomas, este trabajo es su primera incursión en el mundo de la traducción. «En los negocios es cada vez más importante. Y, a la vista de este caso, es fundamental en cualquier ámbito», explica Larrinaga.
«Por señas»
Ella fue, durante los tres días que se prolongaron las tareas de inicio de montaje, la única vía de comunicación entre Maxim y los operarios, que han seguido al pie de la letra las instrucciones del especialista ruso para resolver el enorme rompecabezas. Poco antes de su regreso a Rusia, y, tras la experiencia de Arrigorriaga, Fogel se comprometía a aprender inglés para facilitar la comunicación con las empresas extranjeras a las que asesora en el montaje de parques infantiles.
Y lo mismo ocurre con las firmas españolas que exportan sus productos. «Nosotros instalamos recintos para niños en Francia, Bélgica o los Emiratos Árabes. Compartir un idioma común facilita mucho el trabajo, aunque siempre queda el lenguaje universal de las señas», advierte Giovanni Geraci, responsable de exportación de Icolandia.










