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Mario y los topos
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Yo tengo un buen amigo que se llama Mario y tiene una casita en un bonito pueblo burgalés llamado Pedrosa del Príncipe. En la parte trasera de la casa hay un gran jardín que él ha convertido en una fértil huerta donde cultiva unas exquisitas hortalizas.

Mi amigo se lamentaba hace ya algún tiempo de una invasión de topos que le está fastidiando la buena marcha de su huerta, y ha ensayado los más variados sistemas de exterminio sin lograr echar a los indeseables inquilinos. Y cuando yo pensaba que se trataba de un problema de su huerta, me encuentro en una revista un amplio reportaje en el que se habla de millones de topillos que han invadido varias provincias de España.

Por lo visto el problema no es sólo de Mario sino que se trata más bien de una un auténtico problema que sufren las tierras castellanas. Nadie sabe de dónde vienen los ejércitos de topos, pero conocen y sufren sus aficiones y, como no hay posibilidad de usar pesticidas, los labradores tienen que recurrir a sistemas un tanto artesanales.

Uno de estos sistemas es el que se le ha ocurrido también y de forma espontánea a mi amigo Mario, que es un hombre muy hábil. Se trata de un método un tanto atípico y artesanal además de ingenioso, y se lo cuento por si algún lector tiene en su huerta el mismo problema.

Mi amigo Mario ha abierto en la tierra y cerca de una topera un hueco circular. Lo que hace es, sencillamente, colocar dentro del hueco un balde lleno de agua y se va tranquilamente a la cama a descansar. Entonces los topos huelen el agua, acuden a beber y como el nivel del líquido queda un poco más bajo que los bordes del balde, los topos, con el entusiasmo por saciar la sed ¿Plaf! se caen al agua y allí perecen. Y por la mañana, Mario se limita a retirar los cadáveres y dejar el balde para la noche siguiente.

Si el método le sirve a alguno de mis lectores, ahí lo tiene a su disposición. No puede ser ni más sencillo ni más expeditivo, porque según me cuenta Mario, todos los días caen en la trampa una serie de ejemplares.
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