
Los primeros en lanzarse a la huelga -el 20 de junio- fueron los albañiles y los peones. Pocos días después les siguieron los canteros, los marmolistas, los librantes en piedra y los mamposteros. En todos los casos las peticiones giraron en torno a un aumento de los salarios, el abono de las horas extras con su correspondiente subida y el pago de complementos cuando los trabajos a realizar exigieran desplazamiento fuera de Bilbao.
La determinación de los obreros y la lógica de sus exigencias hicieron, desde el primer momento, que las autoridades tomaran cartas en el asunto. Alcalde y gobernador civil intentaron mediar en el conflicto. Por otro lado, las comisiones de huelga velaron por el cumplimiento estricto del paro, por lo que no dudaron en utilizar medidas de coacción contra aquellos trabajadores que no querían secundar la huelga. Y es que los obreros estaban dispuestos a todo. Nada perecía que pudiera pararles. No era de extrañar encontrarse con situaciones como la que se produjo en una obra de la Gran Vía en la que unos huelguistas conminaron a un albañil para que dejara de trabajar justo en el momento en el que su hija llegaba para entregarle la tartera con la comida. Ésta, «al ver que agredían al autor de sus días, lanzó el puchero de la comida a la cabeza de uno de los irruptores y le llenó la cara de cocido». De poco valió la determinación de la pequeña, puesto que el piquete se ensañó con el 'esquirol'.
Ciertamente, el problema no tenía fácil solución. Los patronos argumentaban que una subida de sueldos inmediata tendría una preocupante repercusión en las obras en curso, con lo que saldrían mucho más caras de lo presupuestado. Y no estaban por la labor de renunciar a los beneficios esperados, así como tampoco querían transmitirle los costes al cliente de turno. Es decir, que la huelga iba para largo.
Ambiente caldeado
Sin embargo, todo eso no era nada comparado con la que se avecinaba. De entrada, el día 22 los trabajadores de la fábrica de Power y Echeguren se declaraban en huelga como protesta por las multas que les imponía la empresa y por los bajos salarios que cobraban. Jornada de nueve horas, supresión de las susodichas multas y aumento de sueldo fueron las principales reivindicaciones. A estos les siguieron las empleadas de la fábrica de galletas de Artiach. Movilizadas sobre todo por cinco trabajadoras, exigieron la reducción de la jornada a ocho horas y también un aumento de los salarios. Sin embargo, en este último caso las presiones que se ejercieron sobre la patronal fueron violentas. Ante la gravedad de los hechos y para evitar males mayores, el señor Artiach cerró la empresa.
El ambiente estaba muy caldeado. No sólo no había visos de solucionar los conflictos, sino que todo apuntaba a que iban a ser bastantes más los sectores con argumentos para sumarse a la huelga. A finales de junio los metalúrgicos anunciaron movilizaciones. El caos desatado no era exclusivo de Bilbao. En muchos puntos de España el orden estaba seriamente amenazado. La clase obrera tomaba posiciones. Muchos empezaron a hablar seriamente de revolución.
Todo iba de mal en peor. Las modistas y costureras también presentaron un pliego de reivindicaciones y amenazaron con tomar medidas más serias. Los mineros del Morro, aunque de manera breve, también se declararon en huelga y, por si todo eso fuera poco, el sector del metal anunciaba que de no aceptar la patronal sus reivindicaciones -jornada de nueve horas, aumento de una peseta en el salario, abono de los sueldos los sábados, un 50% de aumento de las horas extraordinarias, etc.-, irían decididos a la huelga.
Como era de esperar, la patronal no cedió. Así que el 21 de julio los metalúrgicos se lanzaron a la huelga. Bueno, todos los patronos no se negaron. El señor Martínez de las Rivas accedió a todas las peticiones planteadas y sus trabajadores fueron los únicos que no secundaron el paro.
Con pistolas
Durante los últimos días de julio, la tensión aumentó de forma dramática. Sastres, ebanistas, carreteros y carpinteros también se lanzaron a la huelga. Las coacciones y las agresiones se convirtieron en algo habitual. El propio señor Echevarría, presidente de la comisión patronal, fue agredido al salir de una reunión. Lo mismo le sucedió a un contratista de obras y a su hijo aunque, en este caso, se defendieron con sus pistolas y provocaron varios heridos.
La situación era dramática. No sólo las calles y los aledaños de las fábricas se habían convertido en un campo de batalla, sino que de persistir el paro en el sector del metal el riesgo de que se apagaran los altos hornos era enorme. Lógicamente el gobierno suspendió las garantías constitucionales. Y es que los sucesos del verano de 1917 no eran simples huelgas obreras. Más bien, lo que en Bilbao y en España entera se estaba viviendo eran los prolegómenos de una auténtica revolución.










