Me estoy refiriendo, por supuesto, al verano, cuando los días son largos y se vive más, y todo el mundo está de acuerdo en que los días largos son una bendición de Dios. Y es precisamente esa estación del año, cuando los felices mortales estamos disfrutando de las delicias del verano, cuando tiene que venir siempre el señor Administrador General de Loterías (o quien sea) a jorobar nuestra tranquilidad veraniega.
Siguiendo una desdichada costumbre que al parecer se está haciendo consuetudinaria, se pueden ver ya en las marquesinas de los autobuses o en las pantallas publicitarias del metro los anuncios que ofrecen Lotería de Navidad. ¿Se han detenido ustedes a pensar lo que es invitarnos a comprar Lotería navideña en pleno verano?
Al margen de que ofrecer un producto navideño en verano sea tan absurdo como enseñar a un mono a cantar 'La Marsellesa', esa publicidad tiene (al menos para este humilde servidor de ustedes) un efecto traumático, un efecto de empujón violento y desconsiderado.
Si alguien tuviese el capricho de enseñar a un mono a cantar 'La Marsellesa', ese sería un problema suyo que no afecta a su prójimo. Pero anunciar un producto navideño en pleno verano es como sorprendernos de pronto cuando estamos en el nirvana estival y obligarnos a vivir más deprisa dándonos una soberana patada en el culo.
Quizá yo sea un poco susceptible, pero a mí esos anuncios de la lotería de Navidad me sientan, como acabo de decirles, como una patada en la rabadilla, un empujón anímico que enfría mis ilusiones y me dice que la vida no está hecha para caminar, sino para correr al galope.
¿No habrá un alma caritativa que convenza a quien corresponda, para que nos deje disfrutar del verano en paz y en gracia de Dios sin meternos por las narices la lotería de Navidad?










