Tal como lo refiere la copla, que cantaba como ella sola sabía hacerlo Conchita Piquer, el torero solía pasear por el prado en su elegante calesa y llevando el capote de torear a modo de capa, porque aquel diestro por lo visto sólo dejaba la capa para ducharse. Lo cierto es que al ver a la real moza (sigo el hilo de la copla), sintió de pronto que se le saltaba el corazón y mandó detener el coche.
Con el coche parado, bajó el diestro, tiró su capote al suelo y se puso a cantar aquella famosa copla que decía así: 'Pisa morena, pisa con garbo, que un relicario, que un relicario me voy a hacer. Con el trocito de mi capote, que haya pisado, que haya pisado tan lindo pie'.
Y aquello no fue una metáfora, sino una realidad como se verá más adelante. Porque el famoso torero sacrificó su capote para hacerse un relicario con el trozo que había pisado la chulapa madrileña. Lo pudo comprobar ella misma cuando fue a verle torear un día de abril. El toro le empitonó y al caer el diestro en la arena, con un gesto de valor y serenidad asombrosos, sacó del pecho el citado relicario.
Y aquí es donde se pone de manifiesto el increíble temple de aquel torero que al caer inerte en el ruedo y delirando, en vez de hacerlo lógicamente como hacen todos los que se ven en este trance, con cara de susto, gesto de dolor y algún que otro gemido, tuvo la asombrosa, la increíble presencia de ánimo (lo dice la copla) de ponerse a cantar 'pisa morena, pisa con garbo...'. Lo único que no aclara la copla es lo que hacía el toro, mientras el torero cantaba. Eso es valor y lo demás verdura de las heras, como decía el famoso poeta Jorge Manrique.










