
PERFIL
«Yo, ¿es que soy muy sufrido!», reconoce encogiéndose de hombros y con una sonrisa de bendito. Lleva diez años en la plantilla y tiene muy claro que se está ganando el cielo: «Odio la playa». Pero nadie lo diría. Cuando recoge cristales, plásticos o latas de cerveza con el redeño, lo hace con una parsimonia exquisita, como el franciscano que corta las espinas de un rosal en el convento. Y los niños se le acercan dando saltos.
-¿Señor, señor, que hemos visto allí unos peces muy gordos!
-Ah, no, son muy pequeños para mí. Yo sólo pesco con mi quisquillero los que son muy graaaandes...
Y se ríe mientras el chavalín se lanza escopetado hacia el mar, en busca de ballenas, calamares gigantes o, por lo menos, un delfín. Que de todo hay en las aguas que lamen esta playa. «Hasta un cadáver ha llegado hasta aquí... Fue hace unos ocho o diez años, en invierno y por la mañana», recuerda chasqueando la lengua y con la mirada perdida. Lo que se arroja a la ría siempre se detiene en esta orilla. Y 'Txelis' lo encuentra, con la visera calada hasta las cejas para no tener más arrugas en la frente.
Huevos con chorizo
«¿Si echo de menos mi trabajo de electricista? Pues, hombre, cada cosa tiene su punto. Yo me adapto y cumplo. De esto entiendo un poco. ¿Llevo 45 años cotizados!». Experiencia no le falta, y don de gentes tampoco. Aunque a veces se quede con hambre. «Los socorristas, Maite y Jon, son gente estupenda. Hasta me suelen ofrecer a mediodía un Cola-Cao... Pero, claro, a esas horas, yo prefiero unos buenos huevos con chorizo», confiesa entre dientes, como si pensara en voz alta y no quisiera dar ideas a Maite y Jon. No vaya a ser que le traigan al día siguiente lo que le gusta. «En esta vida, cualquier cosa menos incordiar».
Lo suyo es pasear por la playa sin molestar, con el redeño al hombro y los ojos clavados en el suelo. Gracias a él, se puede pisar con tranquilidad. «Mi vocación es poner la cosas en marcha».










