
Poco a poco, la calle se fue convirtiendo en un desolado campamento, con los vecinos rodeados por bolsas de plástico donde habían reunido los restos de su vida anterior, la que muchos de ellos creían definitiva. «Me he quedado sin casa -resumía Lourdes, del número 14-. Han sido 25 años pagando una buhardilla que compré con 23, haciendo una obra tras otra en la casa... Y ahora no se va a salvar nada».
Rosa Peña, de 84 años, esperaba en su silla plegable a que le bajasen de casa algún tranquilizante que lograse serenarla: «El susto todavía no se me ha pasado, he estado en tratamiento por arritmias y el corazón se me sale del cuerpo. Para mí es muy costoso ya hasta bajar la escalera», se lamentaba. Pero quien más exteriorizó su desesperación fue Ainara Etxezarra, que sólo llevaba un año viviendo con su pareja, Alberto, en el piso inmediatamente inferior a la buhardilla del 16. El vecino de arriba les despertó a las cinco y media: «Decía 'este tío está loco, ha incendiado su habitación'. He cogido las escrituras del piso y el bolso y he bajado en camisón, aporreando todas las puertas». En el piso se quedó la gata, y Ainara mantuvo durante horas la esperanza de que hubiese sabido cómo salvarse, pero los Bomberos hallaron muerto al pobre animal a primera hora de la mañana.
Los del cayuco
Ainara se mostró muy crítica con los servicios sociales: «Han estado muy mal. Para empezar, se han preocupado más por el tipo que ha causado el incendio. Yo estaba en camisón corto, sentada en la acera, y no me han dado ni una manta, pero a él le han traído unas zapatillas y se lo han llevado en taxi». Los comentarios del resto de los vecinos iban en la misma línea: «Los del cayuco, cuando llegan, tienen un paquete de ayuda social esperando, pero nosotros no», se quejaban.
Algunos llevaban más lejos las implicaciones de lo ocurrido, como Valentina de Castresana, la hija de Rosa: «Era algo anunciado, como todo lo que pasa en San Francisco. El Ayuntamiento nos va a quemar el barrio. Nos ha costado una vida conseguir una vivienda, pero no nos dejan tener un barrio como los demás, quieren destruirnos».










