
PERFIL
Mari Paz reside en Getxo y, durante el verano, siempre que hace bueno se acerca a Ereaga. «Ya venía de jovencita, antes de casarme, cuando era maestra. ¿Me encanta el sol, meterme en el agua y pasear por la orilla!». Una pasión que no consiguió contagiarle a su marido, más aficionado al monte y a los paseos largos lejos del mar. Ella nunca insistió. Callaba y comprendía. Sabe que era su manera de romper amarras con el trabajo. «José Andrés se ganaba la vida como telegrafista de petroleros, así que, imagínese, bastante agua le tocaba ver al pobre».
Pese a todo, cuando hace memoria, rescata del olvido aquellos años, cuando los hijos eran pequeños y ellos se liaban la manta a la cabeza porque por los críos cualquier cosa... Entonces marchaban a Pedernales y José Andrés nadaba. «Qué tiempos. También recuerdo que había un bar y nos quedábamos a comer. ¿Hicimos amigos!». Ahora todos se han hecho mayores y sólo ella mantiene la costumbre de madrugar y mirar por la ventana. Y si ve el cielo despejado, no vacila: coge el capazo y mete las cremas de protección solar. La traen en coche y vuelven a recogerla a la una y media. Nunca se queda más tarde. Para entonces, ya ha charlado de lo humano y lo divino con Adela, Angelines, Manoli y Encarni, «la pandilla playera».
Los chicos del Athletic
Ella no es mujer de hacer ganchillo bajo la sombrilla. «Cada cosa en su momento», sentencia con gesto risueño. Mari Paz tiene 75 años y una vitalidad arrolladora. Hace muy poco aprendió a nadar -«pero en la piscina, ¿eh!»- y no se detiene ante nada. Ni siquiera el menisco roto le para los pies. «Puuf, me caí y se me dobló la pierna. Me quede con una debajo de la otra, como un Buda. Yo me consolaba al pensar en los chicos del Athletic, que se fastidian el menisco y enseguida se recuperan...». Y sonríe con los ojos, que son muy verdes, verdes como la albahaca. Se ha levantado un poco de viento y se ha despeinado. Pero casi no se nota. Está radiante.










