
LOS PARQUES
Pese a que existen tres temporadas en las que los árboles se engalanan -invierno, primavera y verano-, es a partir de mediados del mes de marzo cuando su florecimiento es más espectacular. El problema es que, como sucede con muchas cosas buenas, apenas duran un instante. En función de la especie, su máximo esplendor puede sólo admirarse durante una semana o incluso llegar al mes, un ciclo que está determinado por el clima. Cuanto más suave sea el invierno, más se retrasa el nacimiento de las flores, mientras que si las olas de frío han sido fuertes, éste puede llegar a adelantarse, según explica un representante del área de Obras y Servicios del Ayuntamiento de Bilbao, responsable de la gestión de los trabajos de jardinería.
Las zonas en las que pueden encontrarse los árboles más llamativos son la plaza Ricardo Arregui y los parques Ibaieder y Europa. No obstante, en lo que a variedad se refiere, Doña Casilda se lleva la palma. Allí se esconde el conocido como 'Árbol del amor' o de Judas, según como se mire. Cada nombre tiene su origen. El primero está en Inglaterra, donde se dice que los parques están repletos de esta especie, que cobija los bancos en los que se sientan las parejas. La otra, más bíblica, hace referencia al ahorcamiento de Judas que, al parecer, se produjo en un árbol de estas características.
Variedades autóctonas
El 60% de las plantaciones en los parques urbanos de Bilbao corresponde a variedades autóctonas como el cerezo, el manzano y el peral, si bien gran parte de ellas tienen injertos de otras especies. Luego están los robles, tejos, hayas y avellanos con los que se repueblan las laderas del 'botxo', aunque estos ya pertenecen a las superficies verdes de la periferia.
En cuanto a la altura, prácticamente la totalidad de los árboles de los parques se sitúa entre los 3 y los 7 metros, a excepción del Castaño de Indias, que puede alcanzar hasta los 14 metros. Una de las cuestiones a destacar es que todos son estériles, es decir, que no dan fruto. «No se puede poner el prototipo de la naturaleza porque deben soportar las condiciones de la ciudad», explican los expertos de la concejalía. Uno de sus peores enemigos es el propio ser humano. Según señalan estos profesionales, «si los árboles tuvieran frutas, la gente iría a cogerlas y rompería alguna rama, lo que obligaría a una vigilancia permanente para conseguir que saliesen adelante».










