
Claro que estos cuidados modifican algunas rutinas. Desde la dieta, «que se basa en ensaladas y zumos», hasta el momento de salir al jardín. En vez de hacerlo en las horas punta, el personal les lleva temprano, «cuando el sol todavía no quema», o en la tarde, cuando ya corre algo de brisa.
La pregunta es cómo viven ellos, los abuelos de esta residencia, un día sofocante sin sombras que atenúen el calor. La respuesta la ofrece Esther y es tan clara como el agua que bebe: «Fatal. Yo llevo muy mal estos días y siempre pido que me den frío». Sus compañeras de mesa, Palmira y Alejandrina, están de acuerdo con ella.
Las tres señoras están sentadas, disfrutando de la sobremesa, en un comedor muy amplio con aire acondicionado. «Aquí se está como de película. No entiendo cómo algunas se quejan de que tienen frío. Coño, que se pongan la chaqueta», dice Esther, aunque Palmira es todavía más directa: «Si hace mucho calor, yo me quito hasta el camisón y duermo con la ventana abierta. Y si por la noche refresca, siempre alguien cierra la ventana. Nos cuidan mucho», dice.
Parte de esos cuidados consistieron en instalar un equipo de refrigeración en la última planta del edificio -la más calurosa de las cuatro- y en bajar a los residentes al jardín (uno por uno, muchos en sillas de ruedas) cuando el calor ya no supone un riesgo. «Aquí, con el aire fresquito, todos estamos como Dios», asegura Maripaz, otra de las residentes. «Sí -añade Jesusa-, y cuando salimos al jardín vamos con sombrero y abanico». Así, como Manolita, que tiene uno en la mano y un pañuelo floreado en la otra. «Tenga -le dice al fotógrafo-. Llévese un recuerdo mío», y le obsequia la pequeña tela.
Su coquetería resulta entrañable, pero hay otras residentes más osadas todavía. Son abuelas que se sienten femeninas y que, en su afán de ponerse guapas, son capaces de retar a la imaginación, al calor y a cualquier obstáculo que pueda surgir entre el comedor y la peluquería.
Bajo un secador
Sí. La Casa de Misericordia cuenta con un salón de belleza que atiende a sus residentes tres veces por semana. Ayer estaba abierto y, aunque el calor apretaba bastante, no había allí ni una silla vacía. Pero, ¿a quién se le puede ocurrir en un día tan sofocante meterse bajo un secador que no para de caldear el aire?
A más de una, desde luego, pues todas piensan como Asunción. «Hoy hace mucho calor y aquí dentro ni le digo -explica con la cabeza metida en un secador de acrílico-. Pero hay que aguantarlo para estar guapa. Desde que tengo quince años me peino en la peluquería todas las semanas», confiesa con aplomo esta señora que, sin embargo, duda cuando el fotógrafo se acerca. «¿Y me quiere hacer una foto así, con todo esto en la cabeza?», le pregunta. El deseo de verse bonita es más poderoso, incluso, que una ola de calor.










