
PERFIL
«Esto es como una religión, es muy difícil entenderlo desde fuera. ¿Somos mogollón de fanáticos!». Tiene 28 años y hace unos 13 que descubrió su Tierra Prometida muy cerca de casa. Hasta entonces, solía ir a la piscina, llevaba el pelo corto y no se atrevía a dar el salto. La cresta de la ola le daba vértigo. Era un chico pálido y de ojos delicados. Verdes o castaños según les dé la luz. Ahora los esconde detrás de las gafas de sol. El único vestigio del pasado. Lo demás se ha adaptado a su nuevo hábitat: se le ve escurridizo como una anguila y fibroso como un tiburón blanco. Deslizarse sobre el agua le ha cambiado de arriba a abajo.
«No sé, fue como un flechazo. Lo vi claro. Me encanta el 'bodyboard'. ¿Por qué? ¿Por el contacto directo con las olas! Pegado al corcho, puedes jugar más que sobre la tabla de surf. Me gusta esa libertad y este lugar. No me iré nunca de aquí ». Y la brisa se detiene en seco cuando lo dice, quizá porque Carlos no sabe mentir.
Compañeros de tribu
Se desenvuelve igual entre las dunas que en el trabajo, con la cabeza bien alta. Va dejando su huella allí por donde pisa; sin esfuerzo, simplemente por ser como es. Se gana la vida como albañil: todo lo que toca, al final, se mantiene en pie. No lo puede evitar. Se afana en encontrar el equilibrio y no para hasta conseguirlo. Agarrado al corcho, cuando se desliza sobre las olas, parece formar parte de la espuma. Allí roza el cielo. Quizá por eso tiene algunos mechones chamuscados. El sol no perdona. Ni siquiera a los elegidos.
«¿Que cuándo acaban mis vacaciones? ¿Si aún no las he cogido! Ahora mismo, vengo de trabajar. Y es que me escapo en cuanto puedo y me vengo a La Arena». En la playa, se encuentra con los otros compañeros de tribu, que apenas empieza el verano dejan atrás sus hogares en Santurtzi, Barakaldo, Sestao, Portugalete... Todos juntos velan el fuego sagrado de una pasión. El corazón les bombea sangre a ritmo de 'reggae' y han echado raíces en el fondo del mar. De aquí no les mueve nadie.










