
Valle de Salcedón
Una de aquellas historias de fantasmas tuvo como escenario el término municipal de Güeñes. Más en concreto el Palacio de los Amézaga. A tan misterioso lugar ya se refirió Pascual Madoz en su Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de Vizcaya, como un «edificio grandioso, no concluido, que empezaron á edificar tres hermanos, nacidos en aquel punto, los cuales llegaron a ser generales en tiempo de Felipe V». Curiosa característica para un palacio esa de «no concluido». Extraño rasgo de singularidad que, a la postre, le ha otorgado todo el misterio y las leyendas que han surgido en el tiempo.
Se cuenta que mucho antes de edificarse el inconcluso palacio, existió una casa solariega residencia del señor de Amézaga, bravo soldado al servicio del rey por lo que lucía galones de capitán o privado del monarca. No era nueva esta distinción para un noble encartado, ya que se sabe que en el tiempo de los Reyes Católicos y Carlos V varios Amézaga se distinguieron también por su valor. Cierto día en que el citado Amézaga andaba por la Corte, lanzó una invitación al rey, Felipe V: «Allá en el encantador valle de Salcedón tiene su morada cuando guste Su Majestad».
La respuesta del monarca, en cambio, no estuvo cargada de agradecimiento: «No creo que ni en Güeñes ni en todos sus alrededores haya una casa que pueda albergar al Rey». Dolido en su orgullo, el bueno de Amézaga no tardó en iniciar las obras para transformar su casa en un palacio digno de todo un rey. Por desgracia, su muerte acaecida en Flandes detuvo el proyecto. Dicen que en una de las cláusulas de su testamento dejó escrito: «Ordeno y mando que el palacio en cuestión ni se concluya ni se venda». ¿Sería ésta la razón que explicaría la existencia de un palacio inacabado?
Curiosamente, a aquella original construcción vino a sumarse la superstición y el miedo. Cuenta otra leyenda que un hijo de los Amézaga murió a causa de una enfermedad contagiosa. Quiso el destino que las ropas del fallecido le fueran regaladas a una familia vecina que tenía un hijo de la misma edad que el de los Amézaga. En muy poco tiempo, la muerte se llevó al pequeño. La madre, desconsolada, perdió la razón y más de uno contó haber oído los gritos de angustia que daba la desgraciada al pasearse por las cercanías del palacio. Unos gemidos que se mantuvieron mucho tiempo después de morir la madre. ¿Fantasmas? ¿Historias de brujas? ¿Imaginaciones? Quién sabe.
El palacio de los Amézaga desafía a la lógica. Son tantas las leyendas, relatos, fantasías y hasta versiones diferentes sobre el mismo hecho que ha generado el misterioso lugar, que es casi imposible desentrañar su verdad completa. También se cuenta que todo comenzó gracias a la buena amistad que los Amézaga trabaron con el rey Felipe V durante la Guerra de Sucesión y cómo éste prometió visitarles en su casa solariega en agradecimiento por los servicios prestados.
De ahí que se empeñasen en la construcción de un palacio digno para el monarca. Sin embargo, las envidias de otros nobles tomaron la forma de un miserable jorobado que no dudó en acudir a un afamado judío de Balmaseda, hechicero para más señas, para que lanzara una maldición a los Amézaga y así no pudieran terminar su obra. A cambio, el jorobado vendió su alma al diablo que se la arrebató a orillas del mar, a los pies del monte Serantes. Y así, la maldición se cernió sobre el inconcluso palacio de los Amézaga. ¿Cierto? ¿Otra leyenda sin más? Posiblemente la imaginación y el tiempo construyeron historias alejadas de la razón, aunque muy cercanas a las emociones. Quizá, quién sabe, quede aún alguien que diga que desde el palacio de los Amézaga se oyen gemidos, pasos y gritos en las oscuras y frías noches de invierno.
Mal de ojo
Decía José María Martín de Retana que Güeñes y, sobre todo, Zalla eran lugares ricos en tradiciones supersticiosas, sucedidos de brujas y demás leyendas escalofriantes. De hecho, contaba cómo alrededor de la ermita de San Pedro Zariquete o Ad Víncula (encadenado), existió toda una curiosa peregrinación de gentes cuyo objetivo no era otro que quitarse la influencia de los malos espíritus. «Algunos -señaló Martín de Retana- van sembrando de sal, veneno activísimo para las brujas, la carretera». Y eran muchos los que pedían estampas del santo para colocarlas junto a los enfermos o en la puerta de las cuadras. La Iglesia, por su parte, nunca ha confirmado o desmentido nada de eso. Lo único que se sabe es que más de un sacerdote ha negado la estampita en cuestión al percibir que el único interés del supuesto peregrino era quitarse el mal de ojo.
Verdad o mentira, lo cierto es que muchas veces el pueblo elabora historias para explicar lo inexplicable y busca soluciones a males que escapan a su comprensión. Las brujas y los fantasmas ayudan a entender, aunque sea a través de escalofríos, lo que no se conoce y así nacen esos cuentos que a todos gusta escuchar porque a todos, de un modo u otro, nos gusta pasar miedo.










