En el otro grupo incluimos a los desalmados que son los que adoptan un perrito como mascota y cuando pasa algún tiempo y se aburren del 'chucho' o les molesta para irse de vacaciones, lo llevan a algún paraje alejado y lo abandonan a su suerte, que por regla general no suele ser buena suerte. El diccionario define el vocablo desalmado como «falto de conciencia, cruel e inhumano». Creo que la definición encaja perfectamente con ese grupo de personas.
Todos los años, al llegar el verano y consecuentemente el veraneo, suelen publicarse estadísticas de los perros abandonados en campos o cunetas, cifras que a mí me producen sonrojo y vergüenza de pertenecer a la misma raza de tales individuos. Pero me consuelo conociendo a esas otras personas que corresponden al cariño de su mascota hasta límites increíbles.
Me admira, por ejemplo, el caso de un vecino de mi barrio, de San Ignacio, que viaja con su pequeña mascota en el metro. La lleva en una bolsa de tela al hombro y el animal, que sabe que va con su dueño, ni se mueve acurrucado en su cómodo rincón. Cuando llegan a su destino (que es el mismo que el mío) el dueño sale a la calle, abre la bolsa, salta de ella el perrito y se va con su jefe moviendo el rabo alegremente.
Y a estas personas que quieren a su mascota, las admiré aún más el día que vi a un perrito jugueteando por el parque y corriendo alegremente con otros 'chuchos', a pesar de estar paralítico de las dos patas traseras. Sus dueños le habían fabricado una sillita de ruedas cómodamente sujeta a los cuartos traseros y era digna de ver la alegría con la que el perro corría casi a la misma velocidad que sus colegas de juegos. A mí estos casos me quitan el mal sabor de boca que produce la estadísticas de los desalmados.










