
PERFIL
Por suerte, a pesar de los bandazos climáticos, los habituales siguen dejándose ver y los turistas ya se pasean con la boca abierta... Los 574 metros de longitud de la playa y el imponente cabo de Ogoño causan ese efecto. Incluso quienes llevan 16 años trabajando de sol a sol en Laga pierden la cabeza cuando se les tira de la lengua: «¿Esto es un lujazo! En medio de la Naturaleza, con unos atardeceres gloriosos y este aire limpísimo... A veces pienso que para mis hijos es un 'shock' volver al colegio. ¿Acostumbrarse a la civilización después de tres meses de vida salvaje!».
Desde la cocina, se oye entonces la risa de Andrea, la mayor, que ha estado escuchando sin abandonar sus deberes. Con el bañador puesto, prepara sandwiches antes de ir a darse un chapuzón. Es hora punta y no hay que perder comba. Uno, dos, tres. En eso consiste la vida de Conchi desde que se casó y se fue de Bilbao para afincarse en Gernika con David, su marido.
Desde Italia
Reconoce que hay días en que sueña con la jubilación anticipada. Vanas ilusiones. La cuadrilla se encarga de bajarla de las nubes: el mundo les reclama. «¿Los amigos no quieren que lo dejemos! Y, bueno, hay que reconocer que nos lo montamos estupendamente. Esto es como una 'roulotte'. Siempre les hacemos un hueco, comemos al aire libre y nos echamos unas risas». Sin bajar la guardia, claro.
Hasta las once de la noche, la clientela no da tregua. Los hay que vienen desde Turín para pedir una pizza margarita para cinco personas. «De dos años para acá, llegan italianos, es cierto. Más que gente del resto de España. Pero, bueno, si acompaña el buen tiempo, trabajo no falta. Eso sí, ni pizzas ni pollos. ¿No podemos con todo!».
Conchi y los suyos aguantan con alegría los chaparrones. Y disfrutan de cada verano como si fuera el primero. El chiringuito tiene los mismos años que Andrea, la primogénita, y la familia crece, arrima el hombro y espera que cumpla muchos más. De sol a sol.










