
Tuve la suerte de encontrarme con el encargado de los bebés de la zona sur de Europa, un tipo bajito y moreno, y le pregunté por los niños vascos. Me acompañó al final del recinto y me invitó a pasar a una oficina pequeña; en su interior había un hombre con txapela, haciendo sudokus sin ganas. Me lo presentó muy educadamente. El hombre, de nombre Jean, dijo que estaban alarmados con nuestros datos, que no hay demanda y que de seguir así, su puesto de trabajo estaba en peligro. Por no tener, no tenemos ni cigüeña propia, compartimos una con Andorra y El Vaticano. Le noté con pena, como si nos tuviera un cariño especial. Más tarde descubrí que su abuelo había nacido en Azkoitia, y como le tiraba más el Moulin Rouge que las peleas de carneros, se había quedado a vivir en París.
Estando allí, sonó la sirena y se encendió la luz roja, era una petición de bebé que llegaba desde Vitoria. A los dos se nos iluminó la cara. Miramos en el ordenador, se trataba de una pareja que se había conocido esa misma noche en las fiestas de la Blanca; penalti claro. Le guiñé un ojo y le dije: «mételes unos gemelitos a los vitorianos». Pues, ni corto ni perezoso, le dio al botón de los trillizos. Pasen buen día.







