
VITORIA
Los otros se fueron de encuadre. El cuarto, de culata formidable, dio 630 kilos de tablilla. Y el tercero, igual. Llenaron plaza. De distinta manera: bondadoso el cuarto, que sobrevivió a un puyazo inmisericorde; salió manso y de rajarse el tercero, que también se llevó en un puyazo ración y media. Frenado, agarrado al piso, remolón, fue el peor de todos. El cuarto, uno de los tres buenos.
Con sus muchos kilos, también el quinto hizo temblar la báscula y hasta volcó, o derribó, según, un caballo de pica enganchado por los pechos. Fue el toro de la corrida: el más bravo, el de más poder y más entrega. Se llamaba Malaguito. Por las dos manos quiso. No desde el primer galope, porque asomó acalambrado, pero sí en cuanto tomó el bien templado capote de El Cid por los vuelos. Escarbó un par de veces, pero de tanto humillar en la muleta llegó también a enterrar los pitones y a pegarse medio volatín. Lo uno por lo otro. Lo que importó fue el fondo tan largo. El motor. O la fijeza. Estilo de toro serio en todo.
Noble fue el primero, frío de salida, pero suavón, mansote en varas. Muy a la manera del encaste Atanasio, fue de los que van rompiendo poquito a poco. O entrando en calor, que es lo propio de los toros fríos. Ponce, especialista del género, lo fue calentando. El toro acochinado que El Cid mató por delante hizo cosas feas: escarbar, irse suelto de varas y hasta acularse en un momento. Pero resistió de sobra y se dejó no poco y bastante. Con todas sus variantes, y abriendo el arco desde la mala nota del tercero a la más que notable del quinto, la corrida pasó en conjunto por encima del listón. De sobra. Los volúmenes, las caras y la condición vinieron a confirmar lo que es ya evidencia manifiesta: el toro de la nueva plaza de Vitoria ha subido mucho en todos los niveles. En calidad y cantidad. Lo cual es ya noticia mayor de la Blanca de este año, que estrena empresa e inaugura época.
Todo ambición
La noticia de esta corrida del Puerto fue, sin embargo, el sobrero de Mercedes Pérez-Tabernero. No fue en rigor noticia el toro. A punto de cumplir los cinco años estaba. Dos puntas afiladas, inmensa caja, corto y poderoso cuello, alto porte. Manso de los de blandearse con genio en los dos caballos de pica, de corretear, gatear, desparramar la mirada, refunfuñar, protestar, puntear, cabecear y sacudirse engaños. De los de huirse. La noticia fue el torero: Manzanares. En torero de gran categoría. Manzanares ya había apuntado su ambición con el desalmado tercero, al que sacó tirando del hocico a pulso tres naturales espléndidos. Con ese sexto se empeñó.
Vio claro lo que nadie sospechaba: que al toro se le podía meter en vereda. Con técnica vieja y refinada: la muleta por delante y tapando, la mano corrida sin que el toro enganchara, el toro librado cuando estaba a punto de enterarse. El arranque de faena, con tres muletazos por delante y cuatro toques, fue precioso. Hubo que seguir amarrándolo, pero ya entonces era Manzanares dueño del asunto.
Fue larga la faena. De dos partes. La primera, de doma y dominio; la segunda, de fantasía y casi recreo. No dejó bajar la guardia el toro nunca. Por manso, no por otra razón. Las dos partes de faena tuvieron de base firmeza, ligazón, regusto y temple. Ideas, valor, aplomo, sitio, gobierno. Todo. Toreado y retoreado se fue el toro a morir en tablas tras una estocada tendida.
Ponce hizo dos faenas larguísimas. Despidió más de la cuenta al primero de corrida, lo toreó en línea por sistema, llegó a abrirse exageradamente y recorrió con él mucha plaza. Seis pinchazos antes de acertar con el descabello. El Cid le anduvo ligerito al segundo. Un prometedor arranque, pero luego vinieron los embroques despegados y encogidos o el perder pasos por sistema.
El diestro valenciano acarició mucho al cuarto, con el que abrió en brillante madeja y cerró con muletazos de perfil sueltos de bonito dibujo. Estuvo muy gesticulante Ponce en ese turno. Y El Cid, en el segundo de los suyos, tanto o más. En un desplante forzado tras un abanico, llegó a echarse la muleta al hombro como manta campera. Le costó trabajo a El Cid enjaretar en serio a ese quinto y le pegó casi más muletazos por alto que bajo. O casi tantos. Intentos de circulares que nunca llegaron a salir. Hasta una tanda de tres molinetes y dos cambiados por arriba. Resolvió el oficio de torero curtido. Media estocada de la que salió perseguido. Era bravo el toro.







