
PISTAS
Al valle se accede por La Hermida, un impresionante desfiladero de 22 kilómetros horadado por las aguas bravas del río Deva. Es tan estrecho y sus paredones son tan altos que el sol sólo pega cuando está muy vertical, y algunas zonas bajas no reciben nada de luz directa desde noviembre hasta febrero. «Llaman a esto garganta pero debería llamársele el esófago de La Hermida, porque al pasarlo se siente uno tragado por la tierra», escribió Benito Pérez Galdós. En su interior, algunos racimos de casa resisten la oscuridad, la humedad y el frío. Se ven caserones en ruinas y otros que permanecen cerrados durante muchos meses. Pero el calor y la vida brotan de las mismas paredes: tres manantiales de agua clorurado-sódica, que emerge a 60 grados y que dio origen a un viejo balneario, rehabilitado hace muy pocos años. El río también contribuye: es un paraíso para los pescadores de salmón y trucha.
A la salida del esófago de La Hermida aparece la iglesia de Santa María de Lebeña, una joya mozárabe del siglo X. La torre es muy moderna y el pórtico data del siglo XVIII, pero su interior de tres naves alberga un juego de arcos de herradura sobre capiteles corintios, columnas adosadas y pilares compuestos, elementos del románico más temprano. El templo está envuelto en leyendas. Se dice que Alfonso y Justa, condes de Lebeña, quisieron trasladar aquí los restos de Santo Toribio. Parece que al santo no le hacía mucha gracia la mudanza, de manera que cuando abrieron la cripta en la que reposaban sus huesos, los condes y los cincuenta soldados que les acompañaban quedaron ciegos hasta que renunciaron a su propósito. También veremos junto a la iglesia un olivo -símbolo del cristianismo- y un tejo -símbolo de la religión pagana de los antiguos cántabros-, porque se considera que en este lugar sagrado se fundieron las dos creencias. De hecho, en una losa del altar mayor se descubrió una estela solar tallada, que bien pudiera ser de origen celta.
En el entorno de Santa María de Lebeña hay un elemento que llama la atención: los viñedos, una estampa insólita en Cantabria. Un poco más adelante, en el pueblo de Tama, encontraremos la fábrica que produce el famoso orujo de Liébana. ¿Cómo pueden cultivarse uvas al pie de los fríos y ventosos Picos de Europa? Pues resulta posible porque el valle de Liébana es una trinchera hundida entre montañas, una hondonada con tierras a doscientos metros de altitud entre picos de dos mil, y gracias a eso queda protegida de los vendavales y las nevadas que azotan la parte alta.
Estallido de color
Esta comarca es un islote seco y soleado en mitad de la montaña cántabra: goza de inviernos suaves, veranos luminosos y con poca lluvia, y unos otoños espectaculares en los que los bosques estallan en mil colores. Porque la variedad vegetal es asombrosa: de encinares y alcornocales típicamente mediterráneos, vamos pasando a forestas atlánticas de hayas y robles, con algunos bosques de grandes tejos y castaños, hasta las praderas y los rasos subalpinos que se extienden por las cumbres de Picos de Europa. La diversidad en la fauna del valle también es notable, con abundancia de corzos, venados, ciervos y jabalíes en los bosques, rebecos en las alturas, incluso la presencia de lobos y especies amenazadas como el oso o el urogallo. Entre las aves destacan el águila real, el buitre leonado, el alimoche y el azor.
Una especie que retrocede en Liébana es la humana: la población apenas ronda las seis mil almas en una comarca de 556 kilómetros cuadrados. En los años 60 se perdieron muchos habitantes y últimamente la mayoría de sus aldeas ha seguido vaciándose, pero el auge del turismo ha hecho que, al menos Potes, capital de la comarca, haya revivido con fuerza.
Este pueblo, nudo en el que confluyen los cuatro subvalles de Liébana, se ha convertido en el campo base para los itinerarios turísticos y las actividades de aventura. Merece la pena pasear por sus callejuelas y conocer las torres medievales, las casas blasonadas y los numerosos puentes. Precisamente por los puentes le viene el nombre: Potes deriva del Pontes romano. La presencia del imperio ha dejado unas cuantas huellas en la toponimia, como en la aldea de Castro que habremos pasado por el camino.
Los romanos las pasaron moradas para conquistar este pedazo de tierra. El valle siempre ha sido cobijo entre montañas, nido de resistencia contra los invasores: los primitivos cántabros contra los romanos primero, los cristianos contra los musulmanes después. No hay pueblo de la comarca que no tenga un anclaje en la historia (o al menos en la leyenda). Dicen que don Pelayo nació en la aldea de Cosgaya y que tenía las caballerizas en Carabaño. Que los tres grandes peñascos que hay a la entrada de La Hermida son lágrimas suyas, derramadas cuando la conquista mora, que rodaron hasta petrificarse y aplastar a unos cuantos invasores. Que en Camaleño derrotó por primera vez a las tropas musulmanas. Que cerca de Los Llanos un milagroso alud sepultó a los árabes que huían de la gran batalla de Covadonga: «Subiedes peña fragosa / que sobre los moros cayó / y a los cristianos salvó / ved cosa maravillosa». Cuentan que el portaestandarte de Pelayo era un mozo de Mogroviejo. Y que en el hayedo de Las Ilces un oso pardo devoró al rey Favila, hijo de don Pelayo. Al pobre Favila lo sucedió en el trono astur el rey Alfonso I, quien se empeñó en fundar pueblos y monasterios por toda la comarca, entre ellos el monasterio de Santo Toribio (en los primeros cinco siglos se llamó San Martín de Turieno).
Este templo es la joya del valle y también tiene su leyenda: Santo Toribio, obispo de Palencia, caminó hasta Liébana para cristianizar la comarca; y desde la montaña de La Viorna lanzó su bastón hacia el valle para decidir el lugar en el que levantaría un templo. Los lugareños le negaron la ayuda y él se retiró al bosque, resignado, para rezar y pedir ayuda divina. Allí vio una pelea feroz entre un buey y un oso, pero les habló y les convenció para que dejaran de atacarse. No sólo eso: el buey y el oso aceptaron que Santo Toribio los unciera en un mismo yugo para acarrear la primera piedra del templo que quería construir. Ante aquella convivencia milagrosa, los lebaniegos abrazaron la nueva fe y arrimaron el hombro para construir el monasterio.
Las leyendas y los milagros siguen tejiendo la historia: poco después, hasta el monasterio llegó un grupo de caminantes que traía desde Astorga el Lignum Crucis, un fragmento de la cruz de Cristo considerado auténtico por la Iglesia, y cuya madera parece proceder de un ciprés palestino de hace dos mil años. La reliquia llevaba doscientos años en Astorga, desde que otro obispo también llamado Santo Toribio la trajera de Tierra Santa, pero el miedo a que los musulmanes se apoderaran de ella hizo que decidieran trasladarla al valle inexpugnable de Liébana. Allí quedó a buen recaudo.
Un lugar santo
Y así fue como la remota Liébana se convirtió en uno de los cuatro Santos Lugares de peregrinación de la cristiandad, junto con Santiago, Roma y Jerusalén: en 1512, el Papa Julio II instauró el Año Santo Lebaniego (año en que la festividad de Santo Toribio, 16 de abril, cae en domingo) y concedió el jubileo (el perdón de todos los pecados) a quienes en ese año peregrinan hasta el valle, atraviesan la Puerta del Perdón del monasterio de Santo Toribio y veneran el fragmento de la Santa Cruz, incrustado desde el siglo XVI en una cruz de plata dorada. Para entonces el monasterio ya había dado a luz otra maravilla: los 'Comentarios del Apocalipsis' que escribió el Beato de Liébana en 776. Hoy se conservan 20 códices originales, y cada uno cuenta con 90 bellísimas ilustraciones en miniatura.
Los devotos sólo encuentran abierta la Puerta del Perdón en los años santos, pero otro tipo de peregrinación recorre el valle: el turismo. La comarca ofrece planes variados, desde las visitas a las aldeas (con las casonas de Cosgaya y Turieno, los últimos hórreos de Espinama o la torre medieval de Mogrovejo) hasta los planes deportivos (senderismo, descenso de cañones, parapente ), pasando por la gastronomía (orujo, quesos, cocido lebaniego).
La presencia imponente de los Picos de Europa supone otro reclamo poderoso, y el acceso desde Liébana hasta el corazón del macizo no puede ser más espectacular. La carretera acaba en el tremendo circo glaciar de Fuente De, en el que nace el río Deva (con el nombre de la diosa de los ríos celtas). Y desde allí arranca un teleférico de origen minero que en tres minutos y medio remonta 753 metros de desnivel. La estación superior, a 1.847 metros de altitud, es un punto de arranque para excursiones por los Picos de Europa. Y su balcón, suspendido sobre el vacío, ofrece una panorámica vertiginosa de ese valle cuajado de milagros que es Liébana.







