
A los 12 años, advierte, los temas amorosos no son nada profundos. «Si la chica te gustaba, pasabas todos los días por debajo de su casa con la bicicleta y mirabas dónde estaba su habitación. Te plantabas en su toldo de la playa para hacer el payaso». La moda era un ingrediente fundamental en el flirteo. «En el portal te ponías unos vaqueros -Lois, porque no te llegaba para Levis- y unas botas camperas, aunque hacía 37 grados a la sombra». Era imprescindible cortar los pantalones a la altura de la rodilla y dejar los bajos con flecos. «Así los llevaba el protagonista de la serie de 'Flipper', y aquello me parecía 'guay'».
Aproximarse a ellas resultaba laborioso. «Con 13 años, los chicos éramos tontos. Nos creíamos impresionantes, y las chicas eran más maduras, sensatas y desarrolladas que nosotros». Ellos eran imberbes, con granos, y sólo pensaban en dar patadas al balón y subir a las farolas. «Y contábamos nuestras experiencias sexuales en secreto y bajo palio». Poco había que decir. Los amores chispeaban en la playa y en las chistorradas que organizaban en Abendaño. «Ahí empezaban los primeros romancillos, una especie de rodeo a la presa que duraba casi todo el verano y terminaba en agua de borrajas. Jugabas a la cerilla y a la botella. Te doy un beso, me das un beso; ahora en la mejilla, luego en la boca. Todo evolucionaba de manera muy 'light'».
Algunas bajas
La timidez vasca le parece un hecho, no un dicho. «Tardabas quince días para decirle hola. La mirabas, pasabas a su lado, jugabas al fútbol frente a ella, dabas vueltas alrededor de su casa. Decías: 'Me ha mirado'. Se dilataba el tema y se acababa el verano. Aquí somos cortados». Lo comprobó en una reunión del Ente Vasco de Energía en Menorca. «Estamos en el hotel treinta y tantos tíos y tías, la mayoría vascos, todos mirando. La animadora, estupenda, bailando como una loca. Nosotros con las manos en los bolsillos y meneando el cuello. Pensé: 'Sólo falta la partida de mus'. Y, efectivamente, un grupo sacó la baraja y se puso a jugar. Hay algo. No sé si es la salinidad del mar o el efecto sirimiri».
De adolescente, a Pielhoff se le aguaba el verano. «No fui nada promiscuo. Cuando tenía que rematar el tema, me iba a Alemania, porque mi ama es de allí. Al volver, me habían quitado la chica». El periplo teutón era en agosto. «Íbamos a un pueblo muy residencial, de gente mayor. Estábamos todos los días con los aitas y los aitonas; era una vida como de clausura, un poco frustrante». Recuerda con una sonrisa aquellos años tan ingenuos e inocentes. «También ha habido bajas. Alguna antigua novieta terminó siendo yonqui; otros están bajo tierra. Quisieron ser la avanzadilla, coger la primera ola, y se estrellaron».







