
PERFIL
Tras dejarla con cuidado en un asiento de la furgoneta, Unai respira profundamente. Cierra la puerta y sonríe. Son cerca de las cuatro de la tarde y en La Cantera rompen las olas con furia. No hay nadie: el mal tiempo ha ahuyentado a los nudistas. «Por eso vine a dar una vuelta. Quería coger algunas piedras para el jardín de casa y dar un paseo», cuenta, con las manos en los bolsillos y un tono pausado, hogareño, que invita a quedarse un rato largo charlando. Aunque tenga prisa, lo disimula: él no le niega la palabra a nadie. Ha cumplido 31 años, vive en Sopelana y es de Barrika. Aquí aprendió a andar persiguiendo a las gallinas.
«Me gusta la naturaleza. De pequeñito, en el caserío, los 'aititxes' tenían animales y así me fueron enseñando cosas... También de árboles. Me encantan los bosques autóctonos: las encinas, los robles... Lástima que se cuiden tan poco, deberían mantenerlos más limpios». Por unos instantes, se le forma una arruga profunda en la frente. Unai se gana la vida como jardinero en Sopelana y Algorta. Es su vocación, no hay hoja que se le escape. «Desde los 20 años, tengo la suerte de trabajar en los que me llena. ¿También he estado en viveros de Mungia, Getxo y Leioa!».
A las seis de la mañana
Por tierra y por mar, se desenvuelve con soltura y, sobre todo, con la curiosidad de un niño que abre mucho los ojos y contiene la respiración ante lo que ve. Especialmente cuando bucea por los alrededores de Barrika, con gafas, aletas y tubo. «Hay erizos, estrellas y unas caracolas grandes muy bonitas...». Y si un día no le apetece zambullirse, tampoco se queda de brazos cruzados: coge la caña y se va a pescar mojarras «y hasta lubinas y doradas que puedes pillar con suerte». Además de paciencia como la de Unai, capaz de sentarse en una roca a las seis de la mañana para echar el anzuelo.
Los minutos pasan y la gaviota ni se ha movido. La única ansiosa es Izar, la pastor alemán, que no deja de hacer cabriolas, ladrar y golpear con el morro a su amo. Él se ríe, le acaricia el lomo y la perra se calma enseguida. No le hace falta gritar. Unai sólo se despeina con el viento. Igual que los robles.









