
VITORIA
Los colores, el estilo, el tipo: corrida de apenas 500 kilos de promedio. Vitoria es taurinamente Norte y cuenta ese detalle mucho. Pero la corrida contó no tanto por el peso en bruto como por su fina presencia. De mucha y buena movilidad. Siempre en acción los toros. Luego, fue cuestión de gustos y conducta. Un toro de soberbia calidad: el sexto. Otro de casi igual condición: el quinto. Con la nota de sólo esos dos se da en los dientes con un canto, o dos cantos, cualquier ganadero. Pero los otros cuatro tuvieron también su cosita. O su personal manera. El llamativo berrendo era un cuadro. No estaba bien hecho precisamente: alto de agujas, flacón, zancudo, estrecho. Pero se reunió lo suficiente para atacar. Por derecho.
Corretón, andarín, alocadito, el primero fue toro encastado y hasta picante. Un punto distraído, pero guerrero. El tercero, de aire mansurrón y suelto de varas, tomó la decisión de rajarse antes de abrir en serio hostilidades. Fue el peor de todos. El cuarto, un colorado muy relleno y corto de cuello, tuvo cuajo de bisonte. Pero estaba hecho trizas. No tenía fuerza. Un toro bloque. Docilito y tal, pero escarbaba. Y se cansó enseguida. Una corrida requetepuesta de cara. No el toro Osborne de la carretera. Pero seis prendas buenas que vinieron a rematar a gusto feria. Y a refrendar una sensación general e inesperada o no prevista: ha vuelto a Vitoria el toro. En serio. ¿Albricias!
De interés fue la hermosa y variada corrida de Cuvillo. Y de interés parecido o mayor fueron la diligencia, la clarividencia y el saber estar de El Juli. No perder tiempo, no marear la perdiz, ni liar la madeja. El Juli no cortó orejas, pero no se pueden calibrar ni tasar los toreros por orejas. Las cortaron Castella y César Jiménez, y hasta se quedaron cortos, porque los dos últimos toros de feria y festejo llevaban dos cada uno y con una se fueron al desolladero cada uno de ello.
Toros de dos orejas
No importa. Castella le dio muchas vueltas al quinto y siempre se lo encontraba, porque fue toro con ganas hasta de merendar. Y César Jiménez, lo mismo al sexto, que no paró, y que galopaba como un bendito purasangre. Lo que hizo El Juli fue, como siempre, gobernar. Muy bien. Como si ese fuera su oficio, que lo es. Se iba de los engaños el primero de corrida y dejó de írsele en cuanto El Juli se propuso lo contrario: sujetarlo. Engañarlo, convencerlo. Eso, enseguidita. Con la proverbial eficacia de la casa. Sólo mandaba El Juli y punto. Pero un punto andarín el toro. La muleta por delante, el toro recogido en cada remate. ¿Técnica? Y gracia. Y el son preciso del toreo clásico, que encandiló. Una estocada excesivamente trasera. Dos descabellos y no uno solo.
Al torito bisonte que mató luego, de espléndido zambombazo en las yemas, lo toreó El Juli de capa con sabio mimo. Y luego fue una faena de las que no abundan: cada muletazo tuvo su sentido. O para sostener al toro, o para medirle las fuerzas, empujarlo, quitarle del vicio de escarbar, que es peor que el tabaco. Y de pronto estaba el toro toreado. No sonó la música. Mejor. Porque la música en los toros trastorna muchas veces y arrumba.
A caballo de la música, y de pasodobles tan discutibles como el Marcial Lalanda -discutible u horrísono, o infame antigualla charanguera-, Castella se embarcó en largo trajín con el buen quinto, que se le acabó yendo a tablas. Al rincón como el boxeador mal pegado. De mucho trajín la faena. No tanto el encaje ni el enlace de los versos. Ni los versos. Machacón el torero de Béziers, que acertó con un esdrújulo espadazo.
César Jiménez pasó con el muy armado sexto un buen ratito. Como una buena tarde en los toros. Muchos pases estirados, compuestos, verticales. A tirón de codo a veces. A la velocidad del toro, que viajaba en el carril pastueñamente. Molinetes de rodillas cuando el minué parecía repetirse. Garra y desgarro. Brava la entrega. Pero entre pausas, pitos y flautas llegó la inclemente hora del aviso. Y por perder el tiempo se perdió el punto del ganchillo.
Castella, encajado en estatuarios y en una tanda de lazo con el torito berrendo, se fue de pronto a la cosa mecánica, a los circulares, a los péndulos. Al toma y daca, y venga y dale. Un aviso, una oreja. César Jiménez cerró el paraguas en el primer turno. No valía mucho el toro, él lo escupió discretamente. No serviría. Y no sirvió. El toro.







