
Empezó a tocar con 15 años. «Mis poemas de amor los escribía con la música y la trikitixa. Era mi vehículo, mi lenguaje. Siempre guardas esos recuerdos, al igual que los olores y los sueños. Todo suele ir unido». De los resultados no se puede quejar. «Con eso no he tenido problema nunca. Lo normal en cualquier persona, digo yo. Soy tímido por naturaleza, pero con la trikitixa aprendes a romper ese retraimiento. Los primeros amores siempre son muy especiales». Y coincidieron con sus primeros viajes. «Salías de una ciudad gris como Bilbao hacia el color del campo y el verano. Era autodidacta, me iban llamando de los pueblos. Desarrollaba mi profesión y a la vez conocía gente».
En las relaciones personales, dice, cualquier cosa sirve si las dos partes están a gusto. «Al llegar a un pueblo tocando la trikitixa llamabas la atención, porque ese instrumento entonces se relacionaba con gente mayor. Con eso ya tenías mucho terreno ganado». Piensa que los flechazos tienen mucho que ver con el momento que uno vive y lo que tiene en la cabeza. «Mis primeros amores platónicos surgen en la escuela, donde sientes ese primer hormigueo». En la adolescencia se hace evidente que, en el amor, vale todo. «Había solidaridad en la cuadrilla, pero a veces tocaba meterse los codos; había de todo, también te los metían a ti».
Sus primeros romances tuvieron su propia banda sonora. En ella está la música «alegre y divertida» de su trikitixa. «Y también las canciones de Silvio Rodríguez, los Beatles y Benito Lertxundi, que descubrí entonces».
«La puerta abierta»
Tampoco reniega de los títulos comerciales que sonaban en las fiestas de Rekalde, donde nunca echaba un baile. «Me podían ver y era vergonzoso. Eso todavía no se me ha quitado. Me da el cosquilleo cuando subo al escenario. No puedo o no quiero controlarlo». Para sus flechazos, el verano era tan importante como el resto del año. «Siempre tienes que tener la puerta abierta. Sí que era enamoradizo, y soñador e imaginativo».
Junkera nació en 1965. «Cuando tenía 15 años, todo cambiaba a mi alrededor. Iban cayendo muchos tabúes». En su escuela chicos y chicas no compartían pupitre. «Me hubiera gustado que existiera una igualdad total y no nos separaran como si nos fuéramos a contagiar. Eso te marca». Hasta que llegó al instituto apenas tuvo amigas. «Entones comprendes que esa enseñanza no era normal. No es que te hayan contado una película, es que ya estás dentro del cine, y asustado, y encima sin palomitas. Y la película, si te digo la verdad, era gris y un poco dura».







