El cuerpo de Dariusz J., propietario de una pequeña agencia de publicidad, apareció con marcas de torturas y las manos atadas con una cuerda en diciembre del año 2000. La Policía no tenía ningún sospechoso y los medios de comunicación prestaron muy poca atención al caso. Sólo unos correos electrónicos enviados desde unos cibercafés de Indonesia y Corea del Sur calificaban este asesinato de «crimen perfecto».
En 2005, la Policía recibió unas llamadas anónimas instando a sus agentes a que leyeran la novela 'Amok', de Krystian Bala, la primera obra de un licenciado en Filosofía de Wraclaw, publicada dos años antes. El inspector Jacek Wroblenski compró el libro y llegó a una conclusión: sólo él y sus agentes, o el asesino, podían conocer tantos detalles.
El escritor fue detenido y, según él, torturado. «Me leían partes de mi libro y me preguntaban por las razones de cada línea. Confundían la novela con un escrito autobiográfico, y se la sabían de memoria», declaró Bala, según recoge el diario londinense 'The Times'.
A causa de las denuncias del autor sobre los presuntos abusos policiales, se creó en Polonia un comité de apoyo a Bala. La Policía no fue capaz de encontrar las evidencias suficientes para encausarlo, aunque sí le retiró el pasaporte durante tres meses y le confiscó el ordenador.
Pero el inspector Wroblenski no se dio por satisfecho, y descubrió que el escritor era una experimentado submarinista, que había estado buceando en el mar de Indonesia y Corea del Sur justo los días en que fueron enviados los correos electrónicos. Además, verificó que Bala había vendido un móvil como el que usaba Dariusz J., y que no fue encontrado, cuatro días después de su asesinato. Por último, el muerto era un conocido de la ex esposa del autor. Lo suficiente para volver a encausarle.
Bala aceptó someterse a un detector de mentiras, pero se comprobó que antes de contestar se tomaba un tiempo, el necesario para evitar las señales físicas que revelan al siempre apresurado mentiroso. De momento, no ha dado ninguna muestra de debilidad. Pero el juez tiene la última palabra.







