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10.08.07 -
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Durante estos días que he pasado en París, he comprobado que no soy buen extranjero, incluso puedo asegurar que soy muy malo, no se me da bien el tema. Ser extranjero es un arte como otro cualquiera, yo no lo tengo; a mí siempre se me nota que estoy en un lugar equivocado, que soy de otro sitio y no estoy en él. Hay, sin embargo, extranjeros que lo hacen de maravilla, quedan bien allí donde estén. Esto debe ser como lo de cantar, que se nace con ello, o sin ello.

Tengo ahora mismo, enfrente de mí, en el asiento del tren, a un señor de ochentaitantos que es el extranjero más elegante que he visto en la vida, con su chaleco de viajero y la cara colorada. La diferencia entre unos y otros reside en pequeños detalles. El señor del vagón está dormido desde hace una hora y no ha dado ni una cabezada, no ha roncado y no se le cae la baba por la comisura; sabe dormir en un tren. Si me duermo yo, pierdo todos los puntos de glamur que me quedan. Cuando eres malo, hasta la acción más simple, como abrir un mapa por ejemplo, te delata. Y no digamos nada, cerrarlo, yo los hago una bola y los tiro a la basura. El agua es otro indicativo, los buenos siempre tienen un botellín a mano, y alguna galletita para que no les dé la pájara. Los malos estamos perdidos si no encontramos un bar cada media hora. A mí, la visita a un museo me dura una hora como mucho, y viéndolo todo; un artista de la extranjería disfruta un día entero.

¿Qué les digo! Se acaba de despertar el abuelo extranjero y lo primero que ha hecho ha sido sonreírme. Ahora me ofrece una bolsa de ositos de regaliz que se ha sacado del bolsillo. Yo, los míos, me los he comido en la estación, sin ofrecer a nadie. Estoy abrumado, me siento despreciable. ¿Coño! Que se levanta y me quita el ordenador «Un saluto parra ustedes también. Pasarr buem verrano».

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