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París
10.08.07 -
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París bien vale una copa veraniega en cualquier terraza, aunque la frase sea apócrifa y manipulada. Tan manipulada como la apariencia intelectual de un poeta cordobés que, sin salmorejo ni manteca colorá, se consuela un día si otro también en la terraza del Café de Flore con un 'steak tartar' y un pastis, mientras pone mirada existencialista con un libro de Sartre y un aire cansino como el de Simonne de Beauvoir. Y de la 'rive gauche' a la 'rive droite', ya que la mejor feria de vanidades se celebra a diario en L'avenue, un templo de 'fashionistas' que esperan en la Avenue Montaigne el encuentro casual con Lagerfeld o Galliano, aunque al final solo aparezcan entre ensalada o brioche veinte turistas japoneses, cinco americanos de Palo Alto y un estilista coreano y medio malayo, eso sí, todos elegantes con sus bolsas de Louis Vuitton. A mí me divierte más Fouquet, en cambio, porque en los Campos Elíseos el placer de mirar se acompaña mejor con la multitud de una inmensa 'brasserie', en la que cabe una multiculturalidad de falsos y originales, es decir, de chicas euroasiáticas con coquetería a la francesa, de americanos pidiendo 'confit' de pato para ser parisinos o de orientales que fotografían como topógrafos compulsivos hasta el blanco de las servilletas. Y ya puestos con lo más falso, pues nada como terminar en la nueva riviera de la playa parisina, por ejemplo bajo las Tullerías, donde la playa no es playa ni de coña, aunque le pongan arena de cartón piedra, monokinis y unas palmeras de la Polinesia o la Micronesia.

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