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CRÍTICA DE TV
Políticos
10.08.07 -
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La cosa es como sigue. La Ley de radio y televisión de titularidad estatal preveía que alguien fijara los «objetivos generales de la función de servicio público». Tal cosa tenía que plasmarse en un «mandato marco». Desde entonces, el Gobierno no ha hecho nada o, más bien, ha hecho lo mismo que en otros muchos campos, o sea, sacarse la foto y, después, hacerse el 'longuis'. De modo que RTVE sigue sin «mandato marco», y eso al PP le parece muy mal. Y bueno, sí, está muy mal, pero ¿habrá algún español, incluso entre los más concienciados, que vaya a perder un solo minuto de sueño por esta cuestión? A los políticos cuesta mucho explicarles que los ciudadanos de a pie vemos sus cosillas con bastante indiferencia. Ellos viven convencidos de que todo español con carné de identidad y derecho a voto debe vibrar de interés cuando a un mandamás con escaño le sale un grano en la nariz; es difícil hacerles notar que eso del grano, por lo general, a los del común sólo nos interesa como motivo de hilaridad o causa de copla.

Eso de que la Corporación RTVE carezca de su primer «mandato marco» es algo que al espectador español medio no le conmueve. Sobre todo porque lo que tenemos delante es un despiporre generalizado en los contenidos de las privadas y una creciente indefensión del espectador ante los excesos de las cadenas. Hace pocos días, la risible comisión mixta del código de autorregulación acaba de hacer públicos sus no menos risibles veredictos sobre las denuncias de los ciudadanos. Hemos constatado que la comisión -los canales más el Gobierno, esencialmente- hace lo que le viene en gana, aplica la ley del embudo, mira con desdén al espectador, ampara a quien le conviene (o sea, a las cadenas) y seguimos sin saber qué castigo espera a quien vulnere el Código de Autorregulación, o para ser más exactos, sabemos que el código puede vulnerarse sin que caiga el menor castigo sobre quien lo infringe. En ese paisaje, la ofensiva parlamentaria sobre RTVE tiene algo de inverosímil, como si los bomberos llegaran al escenario de un incendio y, en vez de sacar las mangueras, se pusieran a jugar al tenis. Son incorregibles. Los políticos, quiero decir.

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