Así tenemos ahora la tele llena de series espiritistas, fenómenos paranormales y videntes de bazar. Este último fenómeno es llamativo en las cadenas locales, porque prolifera por doquier: una señora desgreñada, provista de unos naipes y mucha labia, atiende las llamadas de los espectadores y les adivina el futuro. Lo prodigioso no es que la señora adivine nada, sino que el espectador se lo crea todo. Desde el punto de vista profesional, es una lástima que la televisión local haya parado en esto; desde el punto de vista sociológico es un signo muy interesante, una de esas señales que definen a una civilización. Pese a su sofisticación tecnológica, la imagen del humano que cultiva la brujería elemental rodeado de canales de televisión, teléfonos móviles y líneas ADSL es infinitamente más primitiva que la del alquimista medieval, aquel que con alambiques buscaba las equivalencias profundas de las cosas. En el mundo de la brujería elemental es también donde el folclore sitúa los acontecimientos extraños e inquietantes. Como esa combustión del estudio de la M95 de Marbella. ¿Quién juega con fuego?







