En la empresa de Francisco S.M. no cabían las quejas laborales, según recordó ayer un joven sudamericano que trabajó un par de años. «Si protestábamos por no hacernos contratos, nos decía que nos podíamos 'ir a la puta calle'», explicó. Además, las jornadas laborales se alargaban hasta las «once horas diarias». No contento con eso, sólo les daba un día de descanso semanal. «Nos hacía trabajar los sábados y al que se negaba le descontaba un día de sueldo», añadió.









