Dicha señora o señorita dice en su carta que los vegetarianos se han dado cuenta de que los animales sienten igual que nosotros y que si les miramos a los ojos nos suplican que quieren vivir , que quieren ser libres y felices igual que nosotros. Este detalle añade un argumento digno de meditación y que yo no había tenido en cuenta al programar mis menús.
Nunca se me había ocurrido mirar a los ojos de los animales, si exceptuamos a los perros. En ese caso estoy de acuerdo con la firmante de la carta porque tengo varios perros de mis amigos, que a la vez son amigos míos (los perros quiero decir) y cuando les miro a los ojos siento que me hablan y que me quieren.
Pero con la misma sinceridad he de decir que esa sensación no la he tenido con otros animales que forman parte de mi dieta y de la dieta de mis amigos y familiares. Yo no creo haber visto ese deseo de libertad, de felicidad y de vida cuando miro los ojos de una gallina, de un chicharro o de un langostino. Y mucho menos de un cerdo, porque estos animales, no se por qué, siempre van mirando al suelo.
Es posible que la firmante de la carta y sus colegas vegetarianos (entre los cuales, según leo, se contaban por lo visto Edison, Beethoven y Séneca) tengan en su cerebro un punto especial de percepción capaz de leer el deseo de ser libres y felices en los ojos de un chicharro, pero estoy seguro de que la mayoría de las personas omnívoras (entre ellos un servidor) son incapaces de ver tal cosa.
Quizá ahí esté la diferencia entre un vegetariano y un carnívoro; en esa especial percepción visual, capaz de captar el deseo de libertad y felicidad en la mirada de un chicharro.









