
PERSONAL
Año y medio de trabajos eventuales y clases le permitieron manejarse sobradamente en esta lengua antes de regresar a casa. Ya estaba lista para arrancar sus investigaciones sobre las propiedades ópticas de los materiales que se usan en la electrónica. Pero tras su estancia en Inglaterra, por su cabeza rondaba la idea de proseguir con sus estudios en el extranjero. Y cuando en su camino se cruzó la posibilidad de acceder a una beca del Ministerio de Asuntos Exteriores, ni lo dudó. Destino: República Checa. «Me sentía asustada e ilusionada, pero siempre he tenido espíritu aventurero. Quería aprender, pero para nada pensaba en acabar viviendo en otro país». De aquella reflexión han pasado once años, un marido checo y dos maravillosos hijos.
Clases de checo
Pisó por primera vez Praga en octubre. Le sorprendió «la poca luz que había» y lo temprano que se comía. «¿A las doce del mediodía!». Pero todos los detalles pasaron a un segundo plano al descubrir el Instituto de Física que a partir de entonces sería su segundo hogar. «Era un lugar estupendo para investigar», recuerda. «El ambiente de trabajo era y es estupendo», afirma con cariño.
La fortuna le sonrió. En aquel tiempo, -cuando ella llegó-, se produjo una renovación generacional en los laboratorios y había mucho trabajo para todos. «Nada que ver con la situación que se vivía en España». Pronto se adapto a su nueva vida: investigación y clases de checo.
Tuvo que aprender el idioma a marchas forzadas. A través de un compañero de trabajo, comenzó a conocer gente y no dudó en pasar con ellos fines de semana en las montañas, «algo muy común en el país». «Aunque muchos saben inglés, me obligaban a hablar checo, así que pronto empecé a chapurrearlo», asegura en conversación telefónica desde su casa de Praga.
En el Instituto estaban muy contentos con ella, pero necesitaba una nueva beca para poder continuar con sus estudios allí. En esta ocasión fue el Gobierno vasco quien le concedió la ayuda para finalizar el doctorado, en el que sacó un 'cum laude'. Con esta calificación, la obtención de una plaza fija en el Instituto de Física en la Academia de Ciencias de Chequia era un hecho.
Corría el año 2001 y la opción de poder proseguir sus trabajos de una manera estable pudo más que las ganas de regresar a casa. «Era complicado encontrar allí un trabajo que me gustara tanto y donde pudiera investigar». Lo tenía claro: «Praga ya era mi lugar en el mundo, como dice Aristaráin». Además, había conocido a un joven checo, llamado Josef, -«lo típico: un amigo de un amigo»-, que con los meses se convirtió en su pareja y en el padre de sus hijos: Iker Ondrej, de seis años, y Aimar Bohdan, de tres.
Recitales poéticos
Desde que tuvo a su primer hijo, las presiones familiares para regresar a casa cesaron. Aunque de España «añora a la familia y a los amigos», un sentimiento mitigado por Internet y largas conversaciones telefónicas. Y también poder desarrollar su otra gran pasión, además de la física: la poesía. En su momento, añoró poder leer más literatura en castellano, así que creó la Asociación Luces de Bohemia. «Nos reunimos una vez al mes en una cafetería para presentar alguna obra o realizar recitales poéticos. Cada vez viene más gente y es todo un orgullo para mí».
Tal es su integración en su país de adopción que «me siento extranjera cuando voy de visita a España». Incluso siente que los españoles son unos «chillones» y con poca conciencia ecológica. «Quizá todo eso hace que me sienta mejor aquí, aunque admiro la visión lúdica de la vida que se tiene allí: se trabaja para vivir y no al revés, como ocurre en Chequia».





