Se me han ocurrido estos comentarios cuando no hace mucho contemplaba en un reportaje de televisión, el famoso (a cualquier cosa llaman chocolate las patronas) cuadro en blanco del pintor ruso Kasimir Malevich, del cual tuve ocasión de hablarles cuando visité su exposición en nuestro museo de Bellas Artes y me desternillaba de risa viendo entre sus obras un círculo negro pintado a brocha sobre un papel en blanco.
Este artista, como tantos otros, sabía indudablemente pintar y dibujar muy bien, pero con un evidente criterio práctico pensó: ¿Por qué trabajar un mes en un cuadro que va a pasar desapercibido si haciendo cuatro rayas o un par de manchas negras, o incluso sin pintar nada, me pueden considerar un creador de fama universal? Y como el bueno de Malevich no era tonto, un buen día entre las astracanadas que surgieron de su mente, se le ocurrió crear una nueva escuela artística universal que llamó el suprematismo, y se quedó más ancho que largo.
Ante este parto genial, el coro de los santones abrió de nuevo la boca y le colocó en el Olimpo del arte. Y, amparado por su título universal de creador del decontructivismo (que no se lo que significa ni me importa mucho), el bueno de Malevich se permitió asombrar al mundo con obras tan geniales como el redondel negro o el cuadro en blanco.
Así esta la cosa amigos míos. Los vanguardistas triunfando con sus astracanadas, los santones ovacionando sus genialidades, y la gran masa municipal y espesa admirando estas genialidades porque nadie se atreve a 'despiporrarse' al verlas. Bueno, nadie no. Yo al menos lo hago a título personal y con el riesgo de que me llamen retrógrado. Y quizá tengan razón, quizá por mi edad lo sea, pero ya es un poco tarde para cambiar. Me conformaré con seguir admirando las tonterías que pintaron Sorolla, Velázquez y Zuloaga.










