
EL PERFIL
Es su segundo día en la escuela de parapente de Sopelana y se le ve muy disciplinado. Se agarra a los mandos con decisión y obedece sin vacilar las indicaciones del monitor. 'Derecha, derecha, quieto, un poco más...'. No centra los ojos en ningún sitio, tiene la mirada ausente, como si volara bajo hipnosis. Sólo atiende a la voz que le llega por radio. Así aguanta 15 minutos, a 50 metros de altura. El sol ya dora el mar cuando toca tierra limpiamente y se queda clavado con aire despistado. No tarda en recibir las felicitaciones del profesor, que le da una palmadita en la espalda para bajarlo de las nubes. «¿De verdad ha ido bien?», pregunta en voz baja. El sudor le corre por las mejillas.
Ha superado la prueba con nota, pero no se conforma. Recoge con presteza el parapente, se quita el casco, respira profundamente y da un par de saltitos para liberar tensión. Está cargado de energía, como una pila de alto voltaje recién estrenada. Apenas disponga de «un ratito libre», volverá a las andadas. Se las arreglará para apretar el acelerador en el trabajo, con tal de echar a volar en La Salvaje. Se gana la vida como informático y tiene debilidad por los retos: «Nunca me pongo metas porque siempre se pueden superar». Un buen día, se levantó dispuesto a seguir los pasos de «un amiguete de Sopelana» y saltar en el vacío. «Y porque sí, sin más». Su mujer, Amaia, se quedó de piedra y todavía no hay quien la saque de casa para que se acerque al precipicio...
Una «pitufilla»
«No hay que exagerar, ¿esto no es un deporte de riesgo!», aclara Rodrigo, mientras contempla con admiración a un compañero que planea sobre su cabeza. Con las gafas de sol puestas y bermudas, no aparenta 38 años, parece el grumete de un barco pirata que acaba de atisbar tierra. Se encuentra exultante. «Es una maravilla... Aunque todavía ando un poco pez. No disfruto del paisaje porque estoy muy pendiente de lo que debo hacer. ¿Pero tiempo al tiempo!». A este ritmo, volará muy alto cuando nazca su «pitufilla», que el mes que viene le hará padre por segunda vez. No saben qué nombre ponerle y Amaia mira al cielo buscando inspiración. Como viven en Sopelana, entre nube y nube, seguramente termina viendo pasar a su marido...










