
El asunto era un secreto a voces. «Ella era la hermana de un amigo. Lo curioso es que el año que la conocí ni me fijé en ella; pero el segundo año sí. Y entonces me entró esa especie de flechazo. Ella se debió de dar cuenta de todo. Fue totalmente de golpe, de una forma poco comprensible, porque apenas hablaba con ella». Se bañaban en la presa. La apuesta era lanzarse desde la vertical de rocas que caía desde la carretera. «Yo tengo bastante vértigo, pero, si ella estaba delante, me tiraba aunque había una altura de ocho metros. Pero me tiraba de pie, no de cabeza. Mi flechazo no llegaba a tanto».
Siempre hay una primera vez. «Por hacer la prueba definitiva, un día me lancé desde la propia presa. Te puedo asegurar que ahora no lo haría. No sé ni cuantos metros de caída había hasta el agua». Era métodico y prudente; sus locuras tenían un límite. «Primero nadaba por la zona y comprobaba que no había ninguna roca para partirme el cráneo». La vida rueda y las cosas cambian. «El verano siguiente, de pronto, ella me empezó a hacer caso y no sé por qué extraña razón ya no me gustaba. Fue un flechazo fallido».
Un tipo solitario
Siempre se mantenía en segundo plano. «Tuve poco éxito con las chicas hasta mi primera novia. Estaba desanimado, pensaba que no les gustaba. Luego no me fue tan mal en eso». Algunos amigos se las llevaban a todas de calle. Eran los ligones, muy seguros de sí mismos. «Y supongo que los más odiados, aunque eso nunca nadie lo confiesa. Yo era el típico chico tímido, el mismo que dibujo en mis novelas. Mi adolescencia fue dura, me mantenía muy apartado de todo. Era un tipo un poco solitario, supongo que por eso me he convertido en escritor». Su mundo era mayoritariamente masculino. «Sólo tenía hermanos varones. Estudié en un colegio de frailes y luego en otro del Opus. Y, aunque tengo buen recuerdo de ellos, las chicas eran un mundo totalmente ajeno, un misterio ante el que no sabías cómo reaccionar».
Hay historias que uno quisiera enterrar en el olvido, ironiza Javier Negrete. «No se lo conté a nadie, pero, dos o tres años después, mi pandilla de invierno se enteró de que me gustaba una chica. Y entonces ocurría lo típico: íbamos todos juntos, de repente, los amigos empezaban a hacer extrañas maniobras y de pronto te quedabas a solas con ella para que te pudieses declarar». Lo recuerda como si fuera ayer y le sigue horrorizando. «En esos momentos, te aseguro que sí me tiraría desde arriba de la presa». Y de cabeza. «Enseguida corría el rumor, todo el mundo se enteraba y, de pronto, te encontrabas andando a solas con la chica en cuestión y empezabas a tartamudear».








